ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número virtual 1

Danny's bar

Una viuda que lo había amado sin rencor le dejó al morir un fondo de comercio para abrir un bar.

A Dani de Luca no había que hablarle de sueños, los realizaba.

El día que terminó de pintar y arreglar el local, salió a la vereda para contemplar el cartel de vinílico que había instalado debajo de uno de los balcones de una fachada de dos pisos. “No lo puedo creer, Dani, lo hiciste”, se dijo con un temblor en la boca del estómago. Solita, una morocha que no se daba con cualquiera, se daba solo a Dani, tenía los ojos empañados por la emoción, parada detrás suyo, mirando el cartel verde-esmeralda sobre un fondo amarillo brillante. - Una cosa, Dani- le dijo, alzando la voz para sobreponerla al ruido del tráfico de Alvarez Thomas - es el bar o yo. - ¿Cómo me decís eso?-.

Dani caminó hacia el interior y apoyó los dos codos en la barra del mostrador que un carpintero amigo le había hecho en madera de nogal. Cuando alzó la cabeza, Solita había desaparecido.

En el piso embaldosado, a través de la doble puerta de entrada al local, el resplandor del sol dejaba un contraluz rectangular. No entendió.

Es decir, lo único que entendió fue que no la entendería nunca. El bar anduvo bien.

Dos mozos se turnaban para atender a una clientela que de noche colmaba el local y Dani debió contratar a un peón de cocina para ayudar a su mujer. La tristeza y cierta aversión por los dilemas le aplacaron los ánimos.

Todo termina por disolverse, decía Dani.

También había aprendido a desalojar a tiempo a los que se emborrachaban en busca de una pelea. Un mediodía lluvioso de octubre, vio a Solita atravesando el contraluz, empalidecido por el aire nublado, como si nunca se hubiera ido.

A través de un impermeable trasparente, hasta la blusa de satén azul y la pollera de jean parecían las mismas que vestía la última vez que la vio.

- Tenías razón Dani, me quedo-, le dijo, apoyando los brazos en la barra. Él desvió la vista hacia la cocina, donde se veía moverse a su mujer a través de un ventanuco.

Demoró en girar la cabeza hasta reencontrar los ojos de la morocha.

No sabía qué decir. - ¿Quién te entiende a vos?- dijo por fin. - Te lo estoy diciendo, Dani, te digo que está todo bien.

Me quedo.

Osvaldo Tcherkaski