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Número virtual 1

Tauromaquia

Salimos desesperanzados de la plaza vacía sin la respuesta a cómo era eso de los toros, la sangre y la muerte.

Sin ver al torero combado hacia atrás, frente a la ovación de la multitud, sólo nos quedaba seguir a la guía que repetía monótona señalando de izquierda a derecha, donde seguíamos viendo nada. Sofocados del sindrome turístico, arrastrábamos el polvo de una Sevilla monótona como la aeromoza de la plaza de toros.

Caminar, ¿Cuánto mas? Un Taxi. Ahora quizás, poder adormecerse hasta el hotel.

Pero no, un conductor jovial y enfático esperaba respuestas a las preguntas de rutina .Cuánto hacía que estábamos en Sevilla, si lo habíamos visto todo, etc.

Que contestara otro, mientras pensaba que para mí lo suficiente, quizás demasiado.

¿Qué más había que ver?, ¿Para qué viaja uno? Porque el calor- Joé qué caló! dicen - Y uno se va a allá a soportar el calor de ellos. El coche avanzaba con la misma lentitud que mis ideas.

En mi letargo, alcancé a escuchar que el taxista comenzaba un relato así de brechtiano -Hay hombres que pierden la cabeza por una mujer, hay hombres que la pierden por el juego, o la plata; yo no perdí la cabeza por nada de eso. -¿Sabe por qué la perdí yo?- Nos preguntó en singular, con la mirada fija en el retrovisor.

Cada uno ensayaba en silencio sus respuestas.

Por mi parte y un instante antes, aunque que se tratara de María Antonieta, me importaba la cabeza de nadie, porque no sabía qué hacer con la mía.

Este hombre nos interrogaba sobre él.

¿Puede haber algo más inoportuno, acaso? Se trataba, sin duda de un desafío.

Una vez lanzada, la pregunta del hombre había logrado suspender el calor que abrazaba dentro y fuera del coche.

¿No era el suspenso acaso, ese tiempo interminable donde las caras de los niños esperan ver salir una cosa probable de un lugar imposible? Así estábamos, frente al hombre que había abierto un paréntesis, y nos había colocado dentro.

Entre el antes y el después de la pregunta, ya no era suyo lo que debía responderse, sino de cada uno porque sabíamos que ya no había ninguna posibilidad de un “nosotros” allí.

Habíamos quedado a solas en el calabozo de aquella pregunta.

- Debo decir- enfatizo el hombre, como haciendo una declaración frente a un juez- que yo, que jamás perdí la cabeza ni por plata ni mujeres ni por juego, perdí mi cabeza por una esquina. Hace 30 años que vivo en Sevilla y voy a ella una y otra vez. He tratado de pintarla, porque yo pinto- agregó como al pasar para que se entienda que no se trataba de su arte sino de su causa-, y no puedo, se me escapa, no logro darle, no la he podido agarrar en 30 años.

He tirado mil bocetos, dibujos y óleos. La he pintado de día y de noche, con las sombras de la tarde en verano, a primera hora de la mañana y nada. La verán ustedes queda en camino- Las caras ansiosas buscaban adivinar la esquina del hombre; cada uno creía haberla encontrado aquí y allá.

Como la advertencia de un tiempo que caduca el hombre aviso que era la próxima.

Llegamos al fin, a la esquina encontrada del hombre de la cabeza perdida.

Frente a nosotros, los decapitados sin causa, los niños envejecidos, crédulos con prisa de encontrar lo que se seguirá ignorando, apareció entonces con su presencia, sin falsas modestias, y sin permiso, ocupó su lugar de indiferente soberbia.

La convidada de piedra imperturbable habló con su despecho habitual.

- Aquí ha vestido este pobre hombre su vacío y me ha puesto de nombre Dessirée.

Luego no sé qué historia ocurrió con su cabeza pero miente, pues sí que soy mujer y el ha jurado no perder la cabeza por ninguna.

Miente además, porque más que perderla parece haberla encontrado.

Fue aquel día gris en que rocé suavemente su camisa y un olor de antes lo dejó pensando en su infancia, cuando decidió no arrojarse del puente.

Al parecer, ese día que luego se hizo noche, nuestro hombre caminó y caminó por toda Sevilla arrastrado como por un soplo.

Al llegar a nuestro destino, bajamos del auto en silencio.

Tampoco hubo comentarios al darnos cuenta que la plaza de toros quedaba a pasos de allí.

Nos quedamos parados mirando como el auto se alejaba.

Ya a lo lejos, alcanzamos a ver la mano del hombre, que en alto, nos saludaba por la ventanilla.

Alejandra Jalof