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Número 23

Sólo empanadas
Delivery

A Oscar siempre lo habían tenido de punto.

Primero su madre.

Que “andá y traéme el pan y no te olvides de decirle a don Francisco que no te ponga los miñones quemados, que a tu padre no le gustan”.

Que “decíle a don Jorge que los churrascos estaban duros, que esta vez te dé de la carne esa que guarda para sus clientas copetudas”.

Después su primera novia.

“Bichi ¿no me traerías los apuntes que no puede ir al cole hoy? Ah, y mamá pregunta si no le podés hacer el favor de correr la heladera de lugar cuando vengas el sábado”.

Dos semanas después de casarse se dio cuenta de que ni siquiera su esposa tendría reparos en abusar de su naturaleza servicial.

De lucirse algún sábado a la noche con un plato preparado con detalle, pasó a tener que ocuparse él mismo de la cena de ambos, apenas llegado de sus once horas de oficina y mientras su mujer se depilaba delante del televisor. Seis años más tarde la mujer de Oscar se iba a vivir con un levantador de quiniela del barrio que la fajaba si las milanesas se le quemaban. Un domingo a la noche, instalado delante del televisor de segunda mano, con una botella de cerveza helada y listo para ver el partido, marcó el número de la rotisería y se pidió media docena de empanadas de carne.

Diez minutos después lo llamaron para avisarle que el pibe de la moto había faltado y que no podían hacerle el envío.

Oscar se levantó, resopló, se puso los zapatos, encendió un cigarrillo negro y salió. El tipo de la ambulancia que cargaba el cuerpo agujereado del dueño de la rotisería no tendría más de 25 años y parecía contento con la vida.

El policía que le ponía las esposas, después de haberle quitado el revólver sin que él ofreciese resistencia, pensaba en la grande de muzzarella gratis que se iba a clavar con los muchachos después del operativo.

Adrian Drut