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Número 23

Viernes sangriento

Teníamos representantes de todo el país.

Estaba el comandante Garmendia, que venía de Chaco.

Él no estaba de acuerdo con el procedimiento, pero creía que algo debía hacerse.

El teniente Monardi, que venía de Marambio, creía que era la única manera de hacerlo.

Podríamos decir que ellos dos marcaban los extremos del espectro de opiniones.

El resto de nosotros no hablaba mucho.

Sólo frases cortas, sin sentido, como para bajar un poco la tensión que se respiraba.

Sabíamos que iba a ser un combate desigual, que llevábamos las de perder.

Había un reloj en la pared.

Algunos lo mirábamos de refilón, como para que los demás no se dieran cuenta.

En un momento Samudio se quedó mirándolo, como paralizado.

De golpe soltó “bueno, pero fijáte como en las invasiones inglesas rajamos a los piratas cono aceite…ahí estabamos también en inferioridad de condiciones”.

La mayoría asintió con la cabeza, como si ese antecedente nos diera un poco de esperanza.

“Pero Piglia dice que el aceite era caro y que ….” acotó el tano Napoli, despertando en Samudio un seco “Piglia es un pelotudo como vos, zurdo de mierda”.

Tuvimos que separarlos entre varios.

Monardi pegó el grito “vamos, ya es hora”.

Todos nos callamos.

Avanzamos en silencio, sin mirarnos casi.

Cada uno sabía lo que tenía que hacer.

Después de todo, en el enfrentamiento anterior habíamos tenido un desempeño no tan malo.

Es cierto, tuvimos algunas bajas, pero si estábamos ahí, ten mal no nos había ido.

Samudio, que había sido clave la última vez pegó el grito “vamos carajo, como el viernes pasado”.

Eso nos cambió el ánimo.

Un espíritu triunfal nos invadió….al pedo.

Nos rompieron el orto.

Según me dijo el viejo del bufet, jamás había visto a un equipo de oficiales ser tan humillado.

Cuando terminó el partido lo miré a Samudio.

Lo único que dijo fue “no todos los viernes pueden ser el viernes pasado”.

Mariano Quintero