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Número 23

El enano que llevamos dentro

Es bien sabido que todos llevamos un enano dentro, una réplica exacta de nosotros mismos pero que no supera el centímetro de altura y que nunca mide menos de seis milímetros. Además de copiar sus rasgos y proporciones, el enano también es igual a su portador en lo psicológico.

Así es que se comporta dentro nuestro tal como cada uno de nosotros lo haría si le hubiera tocado estar de ese lado.

No es ni bueno ni malo y hace lo que puede en el breve y solitario universo que le tocó habitar. Cada enano tiene sus costumbres, que pueden variar un poco de uno a otro pero, en general, responden a patrones similares.

Aunque también hay cada enano que mejor... El mío suele alojarse en la zona de la nuca, donde tensa los tendones del cuello y los anuda entre sí, luego engancha sus minidedos en uno y en otro alternativamente y estira y suelta, como si tocara una guitarra.

Otras veces se pone detrás de los ojos y salta sobre los globos oculares -del lado de adentro, claro-, presionando en la medida de lo posible algún que otro nervio.

Mi enano es fantástico: puede hacer esa prueba durante cuatro y hasta cinco días seguidos sin inmutarse.

Y de vez en cuando hace asados en la boca del estómago. Los enanos también gustan de patear el hígado y a esta altura del año les encanta rastrillar la garganta.

Y una típica de enano de niño pequeño es pinchar los tímpanos. Uno se pasa la vida ahuyentando al enano de aquí y de allá pero el minúsculo ser cada tanto vuelve al ataque, y a la larga va adquiriendo sus ritos y prácticas que repite y repite hasta que un día, cuando uno menos se lo imagina -pero ni un segundo antes de lo que lo haríamos nosotros mismos-, el enano se manda al pecho y desenchufa sin ser conciente de que está determinando su propio fin.

Pobre enano...

Yanina Bouche