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Número 23

Un viaje circular

El capitán explica que la explicación sólo se explica a si misma, que no hay una explicación que explique al barco. Nosotros, aprendices, escuchamos y soñamos con mujeres donde anclar.

El mar es calmo.

Algunos de los tripulantes creen que en verdad –contrario a lo que dice el capitán- nunca zarpamos.

Otros, más rotundos, dicen que no existe ninguna costa, que pueden abandonarse los comandos y dormir. Dicen, también, que los antiguos tripulantes –más inteligentes que nosotros, aseguran- crearon símbolos que extravían la posibilidad de descifrar una dirección, encontrar un final del viaje.

Además, agregan, las brújulas están locas y no pueden orientarnos. Otros niegan el barco, dicen que es un espejismo luminoso; y no faltan los audaces que dicen que sólo se trata de palabras. El casco, las máquinas y hasta nosotros mismos: nada más palabras.

Cuando llegan nuevos pasajeros se habla para ampliar el barco. Esa extensión produce –por su propia contradicción interna, afirman - más seres de palabras y así; hasta la muerte, de la que nunca se habla, porque no habla. Yo estoy en la cubierta, fumo recostado sobre el murmullo, con el silencio plácido de un recién llegado que siempre estuvo en ese lugar porque ya conoció el vacío y la ceguera, ya supo de los imperativos generales.

Algunas veces, sin embargo pienso que nada de esto es cierto.

Poco importa, ya que algo he logrado descifrar de este tumulto de palabras.

Germán García