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Número 22

Arrobamiento

No hace tantos años, las computadoras ocupaban un gran metraje en edificios dedicados a la actividad científica y militar.

Sólo las veíamos en series de ficción o documentales.

Pero un día se comprimieron para entrar en casa.

Al principio en forma de monstruo que amenazaba con avasallar la capacidad de lectura, de estudio, del saludable despliegue natural de las personas.

Se presentaba como un agregado exótico y de despareja accesibilidad a las siempre difíciles relaciones del ser humano con sus semejantes, su entorno, su historia, su destino.

La idea de incorporar a nuestras vidas tal refinamiento cultural, a algunos nos parecía de tan escaso gusto como tener en la mesita del living un desaprovechado trozo de meteorito.

Sin embargo -primero por pocos, después por todos-, la resistencia se fue debilitando y quien más quien menos cambió de rincón la máquina de coser de la abuela y le encontró un lugar al mamotreto tecnológico que prometía enriquecer el alimento diario de nuestros hijos con la deliciosa Encarta, además de conectar de por vida al tío Claudio con su prima segunda de Piamonte.

Con el tiempo la presencia de la computadora en formato personal se hizo inevitable, y sin desplazar a ninguna otra herramienta ni electrodoméstico, alcanzó una brillantez inesperada en el universo cotidiano no sólo por su tolerancia al Blem.

Cobró magia y ternura, traspasó los límites de amores impensados que de otro modo se hubiesen extinguido irremediablemente mucho antes.

Se nos hizo albergue de grandes pasiones, frazadita, almohadita, prótesis, piel, pariente consanguíneo.

Como toda cosa -más o menos- placentera, no tardó en caer en manos de la adicción, merced a lo cual, la antigua desconfianza suscitada por el espacio cibernético se relanzó a la sociedad, esta vez en aras de la investigación médica.

Interesada en las observaciones de tales investigaciones, logré conseguir invaluables documentos.

Los más recientes provienen de diversas asociaciones de especialistas que anuncian la llegada de una nueva enfermedad vinculada a la Internet cuya evolución podría ser fatal o al menos producir un aplanamiento del aparato psíquico que haría perder el tiempo a las personas que la padecen.

Aún así las crisis matrimoniales causadas por la dependencia a Internet son las de más vieja data aunque de crecimiento acuciante.

Al respecto transcribo el fragmento de un manuscrito en el que se trazan algunos preceptos destinados a conformar a la esposa de un navegante compulsivo: “De suerte que si la mujer se quexa de que su marido no llega a ella y si pudiendo yr con cada una (esposa y compu), una noche y no fue por estorbo, ...le mandaba Dios que tubiese acto con ella, que lo cumpliese con dalla cada quatro noches, una; y que, de haçello, le alcançaba en lo más de su navegaçión.

Y para ésta le sobran tres noches, en cuya conformidad se fueron los dos muy contentos.”

Nora Martinez