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Número 22

El existencialismo es un onanismo

El presente espacio fue gentilmente cedido por Adrián Drut a la investigadora y docente Maribel Medina Lemercier Hay veces en que los que estamos inmersos en la Academia no podemos ver lo que hay alrededor, en ese mundo cotidiano, común, el de todos, ése que también es de Ud.

y mío, nuestro, de nosotros, ése que me permite, por ejemplo, disfrutar sin prejuicios de la compañía - en la página opuesta - de mi amiga Valeria Mazza, un mundo sorprendente y en constante evolución, mal que le pese a gente como José Pablo Feinmann, con quien me une una juventud en común, pero me separa una adulta polémica insalvable, una tan profunda como inconducente (en el sentido en que es imposible, para aquellos que hacemos de la mesura una bandera, acordar puntos en común con aquellos que defienden la visceralidad de un odio antinómico perimido y ridículo, cuanto más que es sostenido desde la dudosa trinchera del pensamiento filosófico de un estandarte del nacionalsocialismo), un mundo – decía – maravilloso sin embargo, y que nos confronta con lo nuevo, la representación simbólica de la alteridad de aquello que ni Ud.

ni yo podíamos siquiera intuir hace apenas unos pocos años, y sin embargo es – hoy por hoy – cosa de todos los días (y pienso en Rosa, la señora que hace tanto trabaja en casa por un sueldo miserable y me enseña, con su humildad a toda prueba, los valores secretos de esas pequeñas cosas) esas cosas que incluyen – cómo no – compartir un domingo desde estas páginas con seres a quienes no conozco pero puedo entrever, y que sé tan abiertos y curiosos como yo misma, que, como mencionaba al principio, debo hacer el esfuerzo consciente de sacar la cabeza por encima del agua de la Academia con el fin de buscar una equidistancia que los que tenemos más de cierta edad y hemos asistido a sendas e innumerables marchas y manifestaciones y a otros tantos desencantos (mal que le pese a gente como José Pablo Feinmann – quien insiste en descalificarme y me llama “pedazo de trola malcogida de la Recoleta”) pugnamos por valorar con la misma importancia que le damos al silencio reflexivo, a la palabra superadora, a ese intersticio de cordura que me permite decir, decirles...

ahora sí: me compré un teléfono celular.

Y eso es un derecho que ningún extremismo trasnochado de gloria puede o debe quitarnos.

Las ideas son más fuertes que la espada.

Pero los mensajes de texto lo son todavía más.

Ojalá lo comprendamos.

Maribel Medina Lemercier