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Número 22

Pequeños mozos

Cuando era chica estaba absolutamente convencida de que los padres tenían hijos para que les alcanzaran las cosas.

Creía que los hijos eran pequeños sirvientes, pequeños mozos. “Llamá a tus hermanos a comer”, “alcanzame el teléfono”, “cambiá de canal que el control remoto se quedó sin pilas”, “traeme un cenicero” “pedile a la abuela que te de una ensaladera grande.

No nena, eso es una fuente, en-sa-la-de-ra”.

Y el colmo es la jerarquía de mozos para la cual el único requisito es procrear: un mozo anciano le pide aun mozo adulto que le pida a un pequeño mozo algún mandado fácil pero molesto.

Muñecas rusas de puro imperativo enmascarado de subjuntivo.

“Hija, decile a la nena que traiga del fondo la caja con las bolas del arbolito y que las limpie con una franela, que tenga cuidado porque algunas son de vidrio.

Yo después selecciono las que sirven y vos lo armás.

¡Pero métanle que si no, no va a estar listo ni en pascuas!” Descubrí que los pequeños mozos sirven también cuando no están presentes.

Son cajas de las cuales extraer cualquier tipo de excusa.

Para hacer paseos infantiles que ellos odian pero a los que resulta más fácil acceder con un pequeño de la mano.

Para decir que no a invitaciones aburridas o citas impostergables: “no tengo con quién dejarlo”.

Los pequeños mozos son excusitas ideales para cuando un padre separado juega a dos puntas: “hoy me toca estar con mi hijo, ¡qué lástima! Me gustaría pasar el fin de semana con vos.

Te llevaría de escapada a la costa.

Pero, viste, tengo al pequeño conmigo” y al fin de semana siguiente, la misma excusa usada es oída como flamante por el otro vértice del triángulo. Además, los pequeños mozos son enfermizos.

Aunque tuvieran una salud de hierro siempre les son verosímiles unas líneas de fiebre, los piojos, los parásitos, los vómitos, los mocos, la gripe.

Es tan creíble que un niño tenga achaques como que los tenga un viejo.

Aunque la salud reine en sus pequeños cuerpos, mentir “el niño está enfermo” no computa como mentira puesto que, tarde o temprano en ese mismo día en el que están espléndidos, harán un berrinche.

Y un niño encaprichado contagia los ánimos como una peste. Pensaba en los pequeños mozos cuando era chica y ahora, siendo una mujer joven, cuando termino de bañarme y descubro que no llevé el toallón al baño, o llegó el delívery y estoy descalza, o suena el teléfono abajo cuando estoy arriba, o necesito una excusa incontestable para no asistir a un cumpleaños, pienso lo útil que sería tener un pequeño mozo.

Si se retobara le diría “es tu deber”, “porque sí”, “porque yo lo digo”, “porque soy tu madre”.

Y él simplemente tendría que obedecer a esos mínimos mandados.

Lo pienso unos instantes y la idea prende con fuerza.

Me pregunto si esto no es señal de que está sonando mi reloj biológico.

Es la hora de que me sirvan: ¡quiero un hijo!

Silvina Gruppo