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Número 22

Borracho, pero con flores vuelvo

Escucho al Canario Luna.

Tomo un tecito que me preparó Maji.

Escribo.

Tengo fiebre.

Gripe, creo.

Maji me cuida.

Pienso en él, en el Ponchi.

Lo veo.

Seguramente andará pasando niveles en alguno de sus juegos de la play, en Barracas.

Su imagen se me aparece, de a ratos.

Está grande.

Ahora no sólo se pelea con los chicos de segundo, también le pega a los de cuarto, a los de quinto.

La maestra lo obliga a formarse adelante, cuando salen del colegio, si lo deja atrás, casi siempre lo pierde de vista y tiene que ir a buscarlo y lo encuentra dandole trompadas a uno de sus compañeros -de segundo, de cuarto, de quinto-.

Pega fuerte.

Pero es justo, también, contar, que al bajar las escaleras, a la salida, él carga la mochila de otro, una mochila con rueditas que pesa demasiado para llevarla a la rastra.

Su mochila y la mochila ajena.

Lo hace para aliviar a su amigo, que es más chiquito. Borracho, pero con flores vuelvo, canta el Canario.

Me gusta ese verso.

Se lo hago escuchar a Majita y ella sonríe porque le encantan las flores y también, obvio, la cerveza, el vino.

Borracho y con flores.

Es una combinación casi perfecta.

La primera vez que quise besarla estábamos borrachos.

Habíamos tomado muchísimo.

Ella no se dejó besar y salimos de ese bar, tensos, y dos cuadras después nos dimos cuenta de que no habíamos pagado.

Entonces me dijo que si yo quería podía acompañarla a su casa, que su papá no estaba.

Le pregunté si en la casa iba a dejarme besarla y contestó que no, que fuéramos como amigos.

O como lo que realmente éramos, el profe del taller literario y su alumnita.

Así no voy, nena, le dije.

Enseguida tomó el 152 y se quedó dormida.

En lugar de bajar en Nuñez se bajó en Martínez.

Le voy leyendo esto y se ríe.

Se acuerda de aquella noche y de otras noches y de otros días.

De mis mudanzas: a la pensión de la calle Lezica, al depto de Avellaneda.

Del mediodía en que conoció al Ponchi.

De la tarde que pasó por mi trabajo y me dijo: “¿por qué sólo los hombres pueden regalar flores” y me dio un ramo de jazmines y una tarjeta.

“Casate conmigo”, le dije, hace unas semanas.

Nunca le había propuesto eso a nadie.

Y ella, haciendo pucherito, con unas pocas lágrimas en los ojos, me dijo que sí.

Así me dijo: “sí, me caso”.

Ariel Bermani