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Número 22

Los domingos, bailar
Detalle

Como cada último domingo del mes nos juntamos en casa a bailar.

Los chicos empiezan a llegar tipo 14.30 pero hasta las 15 no arranca la fiesta.

Bailamos en el living con las líneas de sol que deja pasar la persiana semilevantada pegándonos a veces en la frente, a veces en la espalda.

El clima es fresco tirando a frío, no nos gusta bailar y transpirar.

Hemos llegado a prender el aire acondicionado en pleno julio cuando la tarde resultó cálida.

Ese detalle le suma encanto al encuentro.

No es lo mismo bailar el rock sudando que hacerlo con el maquillaje en perfecto estado, la camisa suelta, el peinado despeinado pero nunca húmedo. Cada uno trae lo que puede: un paté, facturas, algo que sobró del mediodía...

para tomar en general hay whisky, gaseosas, agua mineral, granadina y algún licor.

En el baño hay guirnaldas y en cada doblez de cada guirnalda, una sorpresa.

Puede ser un canapé, una flor, un billete de 20.

Solo se puede retirar de a una sorpresa por vez que se ingresa al baño, y solo se puede ingresar si el deseo de hacerlo es enorme.

Y nadie quiebra estas reglas, ni las otras.

Eso es lo mejor de estas fiestas.

Eso y bailar. Walter y yo bailamos raro pero muy bien a mi criterio.

Levantamos una pierna, la sacudimos arriba y abajo, hacemos un paso para atrás, una serpiente con el torso...

lo importante es el gesto.

Todos nos miran bailar, nos admiran.

Pero cada uno se defiende con lo suyo.

Por ejemplo, Valeria usa unos vestidos impresionantes.

A veces verdes, a veces azules.

Un detalle es que nunca ponemos fuerte la música (a esa hora está prohibido por el reglamento del consorcio).

No nos molesta que se escuchen los pies rozando contra el piso, ni que se oiga la respiración de la pareja de baile. Cuando nos empieza a ganar el cansancio subimos un poco la música, apilamos los almohadones y nos sentamos encima, todos amontonados en ronda.

Ahí ya no importa quien es quien.

Algunas remeras se levantan, algunas camisas se abren, suben las polleras...

pero sutilmente y solo si el deseo nos lleva.

Algunos cierres que bajan, broches que se desprenden...

Están los que cogen y los que se dejan coger.

Y los que miran tapándose con algún abrigo (tal vez ya son las seis, tal vez ya empieza a refrescar y al otro día hay que ir a trabajar...

y siempre es mejor si no duele la garganta).

Yanina Bouche