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Número 9

División de bienes

La Enciclopedia Danae (seis tomos de temas dudosamente específicos, tapas duras) todavía existe, casi destruida y guardada en una caja, en una parte del ropero que nadie toca.

Pero aunque mi familia decidió en algún momento jubilarla para hacer lugar en los estantes, hubo un tiempo en que los seis baqueteados tomos eran un ejemplo de la generosidad a la que se nos condena cuando no somos hijos únicos; y también, pero esto no lo sabía entonces, la prueba de que la lectura como actividad solitaria no tiene demasiada gracia. Que hubiera seis tomos de la Enciclopedia permitía negociar nuestro egoísmo con cierta elegancia.

Y nos entrenó para hacer arreglos que neutralizaban el conflicto aún siendo poco prácticos, o para otras opciones de transacción en las que el desinterés de una de las partes allanaba el camino. Así, sin mi hermana respirándome en la nuca, leí la vida de Sissi (Sissí Emperatriz, Sissí frente a su destino y más) en una colección que intercalaba páginas de historieta como resumen de la historia.

Y aunque ella se hizo cargo naturalmente, a falta de un hermano varón, del dudoso mandato de liquidar todos los tomos de Salgari y Verne, la serie de Luisa May Alcott nos encontró unidas pero en pie de guerra por la propiedad de los personajes. Con un voluntarismo inexplicable nos embarcamos un poco más tarde en títulos que decían a gritos desde la tapa (no había más tapas duras) la sospechosa calidad del interior.

Pasamos muchas madrugadas hablando de la vida de una huérfana en la India a quien su madre, loca por e l dolor del parto, había bautizado Winter; y de la actriz que se debatía entre hacer de o ser Lady Macbeth, sin saber que conocíamos así a Vivien Leigh.

Y después, una muda competencia que duró varias semanas dejó sin resolver cuál de nosotras merecía más claramente ser iluminada por Max Demian. En el medio de todo eso, supongo, se formaba algún criterio, pero era lo último que nos interesaba frente a la posibilidad de que alguna se excediera en el tiempo que tenía para leer un capítulo de El nombre de la rosa.

Sin nominalismo en el horizonte, quien adelantara algo acerca del asesino de escribientes se condenaba a varias horas de indiferencia.

Y los libros no eran nada si uno no podía pelearse por ellos y dividirse los personajes y lamentarse juntas porque hubieran terminado. Lo otro era la televisión, y por el bien de la convivencia era mejor mantenerse fiel a los arreglos.

Sobre todo para evitar que mi hermana, apenas mayor y más baja, pusiera en práctica una toma violenta que había visto una tarde en SWAT y que insistió en practicar conmigo varias veces, una al menos con éxito.

María Martha Gigena