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Número 21

Corrida de ancianos

Viejos de El Buen Pastor.

Desiguales, reservones el 1º y 2º, muy noble y valiente el 3º, flojo el 4º. Faena a cargo de El Santi. La emoción llegó recién con el tercer viejo.

Hasta entonces El Santi había hecho de la faena una lección de cautela, había clavado apenas un par de banderillas.

Lo demás fue apatía Salvo el tercero.

Se llamaba don Antonio, era veleto, guapo de cara y se le aplaudió al salir.

Va con genio al caballo, se fija al peto, repite con casta y, al salir, mira a diestros y peones y les dice: “Aquí estoy”.

Suena el clarín que abre el último tercio y El Santi se acerca y le mide en las tablas del 10.

De allí al centro –rápido, que lo ve bueno- y el viejo empieza a embestir.

Suenan las primeras palmas de la tarde y El Santi, desafiante, muy torcido, la muleta alante tensa y baja, se lo lleva detrás.

En la izquierda, ladeado el cuerpo, de perfil al viejo, tira sin mucha gracia del noble don Antonio y vuelve a la diestra, donde desaprovecha, despegado y sacándolo hacia fuera, la embestida humillada y dócil de su cárdeno seguidor.

Era anciano para lucirse, para hablarle al oído; para cantarle fados, aunque no escuchara del todo bien. El resto de la corrida ni embistió ni dejó de hacerlo.

Hubo una primera floja, escurrida y bien armada, un poco renga, a la que El Santi recogió y echó un capote lento, mirándola.

Luego perdió las manos, sopló el viento, y el sol agradeció, ajustando sus viseras y parando los abanicos, que el diestro se le acercara.

Pero en la muleta empezó a saltar entre un mar de tornillazos y cuando la fijó un poco ya era hora de la espada.

En el cuarto viejo –una anciana que dudaba mucho e hizo mosquear al respetable- la lidia era tan inane que no se levantó una voz –y eso que la geronte hizo bailar al caballo sobre dos patas, girándolo como una peonza-.

Tal la falta de ilusión que reinaba en la Plaza que disuadieron al diestro de parear.

Nadie decía nada.

El Santi la vio escarbar, volverse un par de veces, y no se decidió a embraguetarse como sabe; se limitó a verla humillada entre reservas y afirmaciones.

Tarde ya quiso enmendar, pero aguda rechifla le avisó de que no eran horas, y le jaleó con olés burlones los pecados de indecisión.

Respondió El Santi con estocada a fondo.

En las gradas, 5 abanicos despedían una función desganada y triste. © El Mundo y Odradek

Roberto Gárriz