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Número 21

Grandes momentos de la Literatura Argentina (2)

Novelas Imperdibles: "El Paspado", de Alan Bauhaus. "No saber de quién era qué, era éso y no otra cosa lo que más le molestaba a Rutini, sentado en cuclillas sobre la alfombra vieja y maloliente, delante de la enorme caja llena de cartuchos de Sega y Family Game que ella le había dejado como una forma de despedida portentosa, sintiendo cómo las paspaduras de su entrepierna y sus rodillas carcomían de a poco el último vestigio de tersura de su otrora piel de bebé, y entonces se levantó, se puso los calzoncillos y, ya en el cuarto de baño, consumió lo que le quedaba de un chicle jirafa, metiéndose integra, por la fosa nasal derecha, la ración que debía durarle al menos hasta la madrugada siguiente, en que su dealer - un morocho adicto a los videojuegos que usaba sweaters peruanos y morral y respondía al nombre en clave de Alphonse – lo reabastecería de goma rosa, y entonces sí, entonces podría – cómo no – hacer frente a todo el trabajo acumulado, la pila enorme y reluciente de papeles, la versión taquigráfica completa de un proceso por asesinato que debía de traducir para fines de esa semana y quedar luego libre para – por fin, sí, por fin – poder sumergirse en las nalgas enormes, lipídicas y deformes de Stella Maris Mendoza, la cordobesa intérprete de farsí que lo había manoseado en un congreso el mes anterior dejándole como recuerdo las marcas nauseabundas de unas uñas largas y afiladas, apenas discernibles en medio de la maraña purulenta de costras, paspaduras y escoriaciones que constituían el pan cotidiano de su mapa epitelial, poco acostumbrado ya a las bondades de un reparador polvo blanco corporal ordinario, no digamos ya de un Veritas de alta gama y rápida absorción como el que María Luisa Córdoba – su novia mendocina de la adolescencia, aquella que, sin saberlo, compartía con Mendoza un fanatismo inexplicable de otro modo que por las coincidencias cósmicas por el cantautor Marcelo San Juan- desparramaba por su cuerpo velludo al término de aquellas calurosas noches de los primeros descubrimientos mutuos”.

Adrian Drut