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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 21

Vermouth

Durante las últimas semanas, Betty anduvo de recorrida por algunas de las Bibliotecas Municipales con las que nos une cierta amistad y un prontuario de subsidios negados que ya son una elegía de la persistencia.

Al final de esa gira que la ocupa anualmente en busca de nuevas y mejores formas de catalogación, Betty se sentó ayer a la tarde sobre un extremo de mi escritorio, y mientras se acomodaba el saquito que marcaba para ella el fin del verano, me largo sin preámbulos la narración de todo su tour libresco. De lo que me contó quedan más fichas e inventarios por hacer, y una sarta de detalles excesivos, excepto por el relato fingidamente desinteresado del encuentro fortuito con un referencista de Bragado que alguna vez la tuvo a mal traer. Y así, mientras en la radio se escuchaba pegadizo y la Biblioteca iba quedando vacía, Betty no tardó en despacharse con la inquietud de lo que ya no recuerda, y una catarata de preguntas acerca de las minúsculas decisiones que definen una serie de cataclismos y determinan un destino en el que todas las demás opciones se clausuran silenciosamente. Para cuando llegó la hora de la salida, Betty estaba exhausta pero compuesta y miraba el fondo de su taza pensando, supongo, en que es posible recordar las grandes decisiones y creer por lo tanto que es posible también evaluar los grandes errores: saber que decidir juntar tu biblioteca con la de tu amor, irte al otro lado de un mar o un río, cambiar los libros de química por una mochila y una carpa, son la prueba más evidente de que se puede desviar el rumbo.

Pero lo otro, lo mínimo, el subte que no tomamos o la calle que cruzamos demasiado rápido, lo que se nos ofrece o nos acecha cuando estamos distraídos en lo demás y pudo haber hecho toda la diferencia o ninguna, eso es aterrador y demasiado para poder soportarlo en, digamos, una tarde de domingo. Un rato después, la serie de chismes con los que se despachó la nueva recepcionista nos separó blandamente de esa dimensión donde todo o casi nada podía ser un error, y nos limitamos a decidir que era mejor dejar el té que nos habíamos prometido e ir en busca de un vermucito tempranero, aunque eso trajera consecuencias irremontables.

María Martha Gigena