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Número 21

I'm not a blogger, so what?
La barrera

Durante este último tiempo he tenido sobradas muestras de que definitivamente estoy fuera del mundo.

Mi afirmación se basa en que hoy no tener blog es casi como vivir en Biafra, sin agu a, sin techo y sin comida.

No saber que postear es sinónimo de escribir (de hecho, ES escribir) y que comentar es lo que otros dicen de uno (o de lo que uno comentó de otro/s, pero en un espacio propio) me ha convertido en una analfabeta cibernética.

Es verdad, a mí sacarme del Word o a lo sumo de la página de las cuentas de correo electrónico no es fácil.

De hecho, recién ahora me animo con un programa que me baja música y pelis, y eso porque me fuerza el hecho de no tener tele (o sí, pero eso lo dejo para otro día) y necesitar ver algo que no sea yo misma reflejada en las ventanas de mi casa kosovar.

Aunque, por cierto, todavía creo que un día me va a entrar un virus y me va a reventar todos los archivos que tengo y que no hago circular en un bendito blog propio, en ese espacio que –dicen- es donde uno se muestra a los demás.

¿Es que acaso soy una negada? Sí, si eso significa no entender por qué demonios la gente escribe cosas que jamás nadie leerá (y aquí cito indirectamente las palabras de un blogger de la primera hora), ni siquiera porque le molesta ese papel doblado que agarró al tuntún de la línea de cajas de alguna librería del centro. De todas formas, no puedo negar que me atrapa la idea de espiar algunos blogs de amigos que salen un poco de lo que intuyo es la media dominante.

Ahí sí, me convierto en una especie de voyeur incontrolable: sigo sagas de todo tipo y calibre, y muchas veces espero con ansiedad nuevos “posts” (¿se dirá en plural?) y sus consecuentes “comments”.

Me pregunto si estaré experimentando algo parecido a lo que sintieron los lectores de folletines, en un siglo que veía la reproducción en serie y la masividad de la escritura (entre otras cosas) como la aniquilación del arte.

Acaso aquellos críticos acérrimos de la cultura de masas también desconocían un mundo que por ajeno se volvía inaprensible.

Pero también estoy segura de que ellos no iban a reuniones en las que lo mejor que puede pasar es que haya un señor entrado en años que despotrique contra el rock mientras evoca un tango de Julio de Caro, para sentir que hablamos el mismo idioma.

Vanesa Pafundo