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Número 21

La cólera

Al comienzo, por su sabiduría, el pueblo surgió de si mismo.

Ahora es sólo la copia del original.

Creó sus manos, su cuerpo, incluso los hombres en la tiniebla.

El mundo – la tierra – vino después, la realidad todavía se espera. La cólera está en el niño desde su nacimiento: es necesario darle nombre, lugares que apacigüen.

Cortar es difícil, en especial cuando no va más.

Se han visto cuerpos reventados, se ha visto sangre, se ha oído el crujir de los huesos partidos en la sombra. Hacerse el muerto para encontrar el fuego es extraño, pero ocurrió en América por la invención de un Dios.

Ahora, ciento de años después y en un almácigo de cadáveres, en la gramilla de los recuerdos y los libros, vuelve a tronar la primera voz. Entre los cuerpos reventados, también hay mujeres.

Y en la nebulosa – por el corazón, sólo por el órgano supremo – sin otra guía que el espejo, avanzan (lo que apareció adelante estaba atrás y lo que estuvo al frente no estaba en ningún lugar). Por eso, esa cólera de los cuerpos (hasta que los huesos se blanqueen bajo la tierra y produzcan reflejos en los mármoles) está en la calle, produce pesadillas en los que siguen. Esto que fue en ningún tiempo, viene siendo ahora.

Años ha, tiempo ah. Arrancan huesos – ilusiones, decían las revistas, - partiendo cráneos – machacando seguían las revistas – cuando a nadie se le había ocurrido todavía que un pueblo – todo un pueblo – quiere nada cuando no quiere todo.

Lo del pueblo, sin embargo, hay que anotarlo al descuido porque – en fin – no hay comienzo posible.

Las piezas del ajedrez – decía el árabe, también después – no cambian la partida, las reglas tampoco están en el tablero.

En esa mezcla el fluir de la sangre no era importante, tampoco la esperanza de morir.

En el fluir el dolor se estanca, lleva las de perder. Querían suprimir los genitales para evitar (se dijo) ese abotonarse, ese acabar con las reservas, acabar porque sí. No es un mensaje – ni lo opuesto – aunque la cosa brama.

Retorcer mandíbulas era algo que les pareció divertido, quebrar espinazos por la noche también.

Germán García