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Número 21

Réquiem para un gladiolo
Réquiem para un gladiolo

Si bajó a empujones y quedó paralizado por el estupor frío y húmedo del puerto, poco importa ya.

Como si el sentido del tacto le hubiese quedado aprisionado en la cara, había podido reconocer los distintos tejidos que le rozaron violentamente las mejillas en medio de una turba de antiguos vecinos irreconocibles.

Lanas, algodones, linos, telas que ya no volvería a oler en estas nuevas tierras.

En el bolsillo del saco, los borbotones de una cursiva negra sobre un papel doblado lo resguardaban del miedo de perderse, de olvidarse quién era y a qué había venido.

Dejó de ser el único punto inmóvil en medio de la vorágine del desembarco cuando la ciudad empezó a atravesarlo con la furiosa indiferencia de sus calles, el aroma a corteza de los árboles envueltos en la llovizna arremolinada, los pájaros invisibles al amparo de las tejas.

Hasta aquí, su historia.

El resto de su vida lo pasó en el cementerio.

Día a día, de sol a sol.

A las seis de la tarde, concluido el horario de visita a los muertos, comenzaba a recorrer el perímetro que delimitaba tumbas, nichos y panteones: “Vaaaamosacerraaaar” gritaba en una especie de cántico, acompañándose con el tañido de una campana que llevaba de lastre.

A esa hora, la luz imponía una caprichosa línea de horizonte.

Opacaba los mármoles y volvía transparentes las hojas y las polleras de las mujeres.

Los floreros de vidrio quedaban con un agua limpia que no brillaba y por encima de las sombras, las flores se imprimían en el aire con parca densidad.

Sólo por convenciones biológicas, por el avance táctico de la naturaleza sobre los hombres, el extranjero se puso viejo.

Una última mirada antes de retirarse del cementerio, permitía verlo deslizarse con su ropaje grisáceo y silencioso, sus gestos inexistentes, y a trasluz, sus orejas destellaban como dos gladiolos encendidos por un fuego demasiado rojo.

Nora Martinez