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Número 20

Azules y Colorados
Boceto

Roque decía que yo no estaba en peligro, pero el problema era la valija negra.

Hablamos de esto en el puerto, mientras miraba los bordes de piedras, los edificios viejos, el agua.

Algunos pájaros revoloteaban, el olor espeso del agua nos envolvía.

Estábamos sentados sobre una gruesa cadena.

De vez en cuando veíamos algunas personas que miraban desde un lanchón.

A varios metros un marinero.

Más allá edificios de guerra, de no sé qué.

Yo había recibido la valija por correo.

Enviada por X desde Inglaterra con una nota breve, insólita: ¡Tírala! La abrí, en su interior había algunos recortes del Times con fotos de Perón y Eva.

La foto de Perón estaba marcada con un trazo brusco, en tinta roja.

La foto de Eva era resplandeciente, aunque borrosa. A trasluz inspeccioné los papeles.

Nada, simples recortes.

Desarmé la valija, revisé las costuras.

Nada. Enrollándola, ya deshecha, fui hasta el incinerador.

Volví.

Llamé a Roque, la vió destripada sobre la alfombra.

Me preguntó por X.

Era una mujer que había conocido tres años antes en Brasil: yo estaba de paso, bailamos.

Me contó historias.

Habló de muchos dólares.

Después se fue.

La despedí en el aeropuerto.

Me dijo: tendrás noticias mías... A Roque se le ocurrió que lo mejor era enviarla con una dirección cualquiera a Escocia o Perú.

Anduvimos varios días buscando un tapicero, no deseábamos dejarla en manos de algún soplón.

¿Cómo justificar el hecho de tener esa valija?.

Al fin desistimos.

Enviarla deshecha tenía sus riesgos.

¿En caso de que fuese inspeccionada en alguna parte, cómo justificar ese envío? Por las dudas, yo había quemado los recortes del Times.

Sólo quedaba la valija deshecha.

Quería terminar con el asunto.

No era fácil.

Estábamos sin poder pensar en eso, sentados mirando a un lado y otro, envueltos por el olor del agua. Roque dió un salto y corrió hacia el coche.

Luego lo vi correr hacia el agua.

Desde el lanchón se asomaron a mirarlo.

Tiró la valija y volvió hacia el coche.

Corrí, pero llegué cuando arrancaba.

Lo seguí un poco.

Vi un taxi que se cruzaba, vacío, en sentido inverso.

Levanté el brazo.

Se detuvo. - Al centro – dije. - ¿Qué lugar? - Cualquiera...

Callao...

y Córdoba... Estaba en esa esquina, algo me decía que Roque pasaría por ahí.

Estuve casi una hora.

Al fin empecé a caminar por Córdoba hacia el bajo. Sin darme cuenta estaba de nuevo en Córdoba y Callao.

Me pareció una señal.

Busqué un bar, decidido a permanecer en ese lugar hasta que pasase algo.

Muchas horas después volví a casa. Me tiré sobre la cama y esperé el llamado de Roque.

El teléfono no sonó.

Me quedé dormido, no podía escapar de un sueño.

Al despertar recordé una frase repetida por Roque cada vez que tenía problemas amorosos.

Decía: Una mujer es un pretexto para sostener su joya a cierta altura. El recuerdo de esa frase, el sueño, ahora borroso, una mujer se reía por algo que yo había hecho.

Abrí el diario, el día de la primavera los Azules y Colorados llegaron a un arreglo.

Los tanques volverían a los cuarteles, los militares a sus tareas específicas, según escuché por radio.

Germán García