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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 9

Gilez

Era prodigioso.

No se me ocurre otro calificativo para describirlo.

Era una especie de Zelig, pero a la inversa.

Siempre se destacaba del entorno.

Si estaba rodeado de un público conocedor de las artes, sus comentarios del tipo “a mi no me jodan, esto es un cuadrado…esa pavada la pinta mi sobrina que está en el jardín” rápidamente lo diferenciaban del resto de la gente.

Pero si se encontraba en medio de un grupo de ignorantes, sobresalía con una frase como “se observan algunos elementos de Kandinsky en la obra de este pintor”.

Ya fuera subiendo o bajando del promedio, él siempre se hacía notar.

Cuando lo conocí me llamó la atención su habilidad para no adaptarse, aunque más me sorprendió el don natural que poseía para entender a qué no adaptarse.

En dos minutos era capaz de encontrar los elementos en común de los que lo rodeaban y en tres era capaz de exponer su profundo desacuerdo con ese inconsciente colectivo de corto alcance.

Después de un tiempo, mi fascinación dejó lugar a un interés personal en comprender sus movimientos.

Lo observaba observar, luego veía como actuaba y a partir de su actuación intentaba ponerme a su par.

Pero era imposible.

Siempre encontraba la forma de estar en mi contra, a pesar de que yo le estaba dando la razón. La última vez que lo vi fue hace un par de semanas.

Mientras todos comíamos locro y discutíamos sobre computadoras, él defendía ferozmente el uso de su vieja máquina de escribir a la vez que saboreaba su ensalada de apio, pepino y manzana.

Cuando nos despedimos dijo que tenía que sacar un comprobante de antecedentes penales.

Los que lo vieron en la cola dicen que desde que llegó actuó raro.

Delante de él esperaban un colombiano, dos peruanos, un chino y dos brasileños (en ese orden).

Detrás s uyo, un polaco, un chileno y dos coreanos.

Al ver que tenía que esperar mucho empezó a gritar, a decir que era una barbaridad.

Cuando se sumaron varias personas a su reclamo se llamó a silencio y esperó calmadamente.

Dijo “debería haber dos colas, una para argentinos y otra para extranjeros”.

Los argentinos que esperaban dijeron que era verdad.

Algunos extranjeros también, pero otros insistieron en que era una tremenda idiotez.

Volvió a callarse.

Dicen que miró para adelante, miró para atrás, miro hacia los costados y cayó al suelo.

Un policía que custodiaba la puerta se apresuró a atenderlo en el piso y, después de tomarle el pulso, le dijo al resto de las personas que estaba muerto.

Y en voz más baja, como pensando en voz alta, dijo “nunca había pasado esto”.

Un chileno que estaba cerca dijo que notó que se le dibujaba una sonrisa en el rostro, pero vio como son los chilenos.

Mariano Quintero