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Número 20

Los ojos de la reina

No era rubia todavía.

Tenía el castaño mediano de su madre.

Y como todas las mujeres de la familia, su espalda alcanzaría el mismo destino robusto, si bien todavía lucía una columna de huesos chiquitos hundida entre dos omóplatos de cartón.

Lamentaba portar el tamaño grande de los pies y las manos del padre, aunque verse los dedos largos del abuelo pianista le calmaba la pena.

Una boca rosada de dientes parejos traía con su sonrisa las mismas sonrisas, calcadas, de sus cinco hermanas.

También las narices y el timbre de la voz eran iguales.

En cambio nadie sabía de quién había sacado esos ojos, que a veces parecían dos mitades de lima apoyadas en un plato de tez trigueña, y otras veces dos lagunas turbias en medio de la arena.

Decían que tenía los ojos color del tiempo, como si el tiempo fuese un pariente posible.

Un verano se encontró parada en el borde de un escenario armado sobre la playa, en fila con otras bellezas en traje de baño.

Siempre había querido estar ahí.

Desde cuando tenía que impulsarse a pequeños saltos para no perderse las luces calientes y coloridas de los festivales veraniegos hasta convertirse en la joven atractiva que ya era, había aspirado a ser la elegida y llevar una banda de tela sedosa con letras plateadas envolviéndola, amarrándola.

Con cada parte de su cuerpo había deseado llegar a un estado absoluto, desconocido, total, indivisible.

Y finalmente, allí estaba.

Leía sus letras de reina con el mentón levemente aplastado contra el pecho, las leía al revés, tornando bizcos sus resplandecientes ojos grises.

Al pie de la tarima la esperaba una vertiginosa carrera hacia la fama.

Enamoró a un empresario con sus ojos de añil y en el altar su mirada brilló como la miel y el oro.

Apareció fotografiada en los recónditos paraísos que sólo las revistas descubren, exhibiendo rectángulos negros en su silueta desnuda que mes a mes fue ganando visible tenor graso.

Un año duró su imperio, sucumbiendo tras un divorcio escandaloso.

Decidida a recuperarse, se internó en una clínica de estética y con los ojos en blanco entró en un sueño anestesiado del que salió con el busto aumentado y estrechada su cintura.

Se agregó pómulos, se sacó nariz, alargó su cuello y acortó sus pies, estiró mejillas y cejas, engrosó sus labios, afinó las caderas y mutó el pigmento de sus genes.

Despertó siendo otra, como siempre.

Sus ojos púrpura, velados por una nueva nostalgia, se posaron en la bolsa de restos quirúrgicos que fugazmente rasgó su horizonte.

Nora Martinez