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Número 19

Jackpot

Si bien el letargo veraniego que inunda la Biblioteca cada año no prometía ninguna clase de atenuantes, el mutismo voluntario con el que Betty dio por inaugurada la segunda quincena de enero nos trajo al menos la discreta diversión de las apuestas.

Con una velocidad que no hacía desdeñable la posibilidad de llevar una planilla -y el inmediato abandono de la idea, gracias al atisbo de pudor que el referencista sacó a relucir en medio del almuerzo-, la imaginación de todo el personal se despeñó en una caterva de opciones que en el fondo sabíamos destinadas al fracaso.

A los cinco días de la declaración de silencio de Betty, ganaba fácilmente la opción de que hablaría en algún momento, preferentemente por la tarde y por mera distracción.

Pero a primera hora de la mañana siguiente algunos se adelantaron en el fixture aventurando la posibilidad de que sin pensarlo dijera “Hola” al levantar el teléfono.

Y cuando la estrategia mal disimulada de hacer sonar el interno chocó contra la rapidez de Betty para pasar la llamada o dar señal de fax a todo potencial interlocutor, la cuestión se resolvió sin aviso de llegada: distraídos como estábamos por una posible victoria en las apuestas, Betty se largó a hablar sin que nadie pudiera reconstruir la circunstancia exacta en que se produjo su vuelta y nos dejó, de un solo golpe, derrotados y exhaustos por la intensidad de la rentrée. Es así que, desde hace días, Betty se ha convertido en una suerte de máquina parlante, como si el momento de la introspección hubiera puesto en marcha una central de energía que finalmente abre sus compuertas.

En el fondo de la mirada que los anteojos no terminan de ocultar, se escuda un resto de pánico que pide paciencia para el cotorreo incesante.

Y si se la mira bien, toda Betty es una estrategia de inmersión radical, la equivalencia lingüística de un tipo con terror al agua que ha decidido ser Aquaman.

Hace unas horas que la miro desde mi escritorio, intentando decirle que ya encontrará el modo de balancearse; aunque la manera en que desde hace un rato mueve las manos parece más bien un esbozo de lenguaje de señas, y prefiero callarme hasta la salida antes que someterla a la tentación de empezar a traducirse.

María Martha Gigena