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Número 19

Las olas y el viento
Primero la gallina

Balnearios de (ar)enero.

Pero no quiero hablar de baldecitos multicolores de plástico ni de viandas en la playa, si no habría titulado esta postal de vacaciones como “Garganta con arena”.

El pueblo se llama “Mar del aire” y yo estaba a punto de apostar a que el nombre estaba motivado por la posibilidad de confundir los colores en un horizonte borroneado.

Pero no.

“Mar del aire” es porque la superficie del océano se le vuela a la costa dejando la atmósfera pegajosa.

Tengo la constante sensación del pelo mojado y creo que bajo las orejas se me están abriendo branquias. Las alas de los que vuelan reman en las corrientes de aire.

Moverse y nadar no tienen más diferencias que la torpeza del esfuerzo o la gracia del dejarse resbalar. El viento le levanta una mano de arena a la tierra y la latiga, azota los ojos, la piel y la respiración.

Si el viento parara de soplar, las plantas y los pájaros se darían cuenta del agotamiento por la lucha que le sostuvieron por siempre y morirían de cansancio instantáneamente.

Para mantenerse quieto sin hacer resistencia hay que usar pegamento, tal vez por eso es que hay tantos caracoles de tierra adheridos a cualquier cosa sólida. Humo y ceniza serían cuerpo y alma de la fumada consumada, consumida.

Sin embargo acá se confunden en el aire y se desvanecen en la bocanada polvorienta y ya no hay dualidades: aire es agua, ceniza es humo, alma es cuerpo y realidad es ficción. Los secretos se confunden con el rumor del viento y no llegan a oídos ajenos más que convertidos en sal.

Decir es ofrecerle algo a esta violencia invisible.

Por esa razón, que a las palabras se las lleve el viento.

Silvina Gruppo