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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 19

Osman

El tío Osman siempre se caracterizó por ser una persona de pocas pulgas.

Recuerdo que para fin de año de 1999, mientras los demás veíamos a Julio Boca bailando en la Patagonia, él miraba para otro lado, indignado porque todos estábamos alrededor de la “mierda esa de televisión” en lugar de estar charlando y disfrutando de la festividad en familia.

Además, era una persona de mala bebida.

Y si no me creen, averigüen en el barrio lo que pasó en la noche de brujas del 2002, cuando Tomasito, el menor de los Baigorria, le tocó timbre, disfrazado de fantasma, pidiéndole caramelos.

La imagen de Osman, corriendo al chico en chancletas, con la botella de Bols en una mano y un rebenque en la otra, tranquilamente podría ser una pintura de Florencio Molina Campos.

“Mocos`e mierda, con esas costumbres de gringos…¿qué carajo se cree?” fue todo lo que dijo respecto del incidente. Hombre de armas tomar, Osman no tenía problema entró con mi tía a un local de ropa para comprar un regalo, y al ver que el empleado (un joven de unos veinte años) tuteaba a su esposa, agarró un cinturón del mostrador y empezó a los cintazos.

“Atorrante, sin vergüenza” fue lo único que se le escuchó decir mientras destrozaba el local.

Y cuando iba saliendo, medio así de refilón, vio un pañuelo con una bandera de Estados Unidos.

La levantó con la mano mientras increpaba a los pobres empleados, que quedaron tirados en el piso “una bandera gringa…¿qué carajo se creen?”. Pero a la hora de pensar en el tío Osman, no son esos recuerdos violentos los que vienen a la luz.

Porque Osman ante todo era un caballero, un hombre bueno, y un anfitrión impecable.

Bastaba entrar nomás a su casa para que empezara a ofrecer todo tipo de manjares.

Amante de las tradiciones, todos los años nos recibía en su casa para festejar el día de acción de gracias con el pavo más sabroso y la salsa de arándanos más fresca que pueda recordar.

Mariano Quintero