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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 18

Fahrenheit 451

El mes de enero nos alcanzó casi sin personal y con una significativa merma en el número de visitantes que dejó en claro tanto el impulso vacacional de los socios como la felicidad que el silencio puede traer en una tarde tórrida. Posiblemente en ese oscuro deseo de dicha que se esconde en no levantar la voz cuando hace calor, se explica el tiempo que tardamos en darnos cuenta de que Betty había dejado de hablar.

Alguien le había dicho que “Hay que hacer añicos el lenguaje para tocar la vida” y haciendo un esfuerzo de erudición que iba destinado a conquistarla, el fulano -un socio advenedizo- se retiró de la Biblioteca sin la victoria, pero también ignorante de la permeabilidad de esponja que mi amiga ocultaba por esos días.

Así que Betty se entregó a un silencio laico y se dispuso, sin que lo supiéramos hasta que la decisión nos sorprendió por falta de parloteo, a cercar la acción, a clavarse en la experiencia como un escarabajo de coleccionista.

Tanto es así, que volvió con la maqueta que reproduce la Biblioteca y había quedado en el depósito, y aprovechando la falta de público la instaló en la Sala de Lectura, y ahora anda haciendo una suerte de feng shui a escala.

Se acomoda en distintos lugares, se mira entrecerrando los ojos y a veces se esconde detrás de un sillón que no tiene más de siete centímetros de ancho.

Mientras tanto, yo la cubro, para que no se quede mirando fijo a los pocos socios que aparecen, y cuando le paso las boletas de préstamo todavía va a buscar los libros a los anaqueles, con una diligencia sobreactuada.

No quiero decirle que hay algo perturbador en ese resto de obstinación con la letra escrita, en la fascinación con la que mira cada cubierta o acaricia los lomos, como si aún estuviera decidiendo entre persistir en su negativa a contarse, o entregarse de nuevo al peligro del lenguaje, aunque no tenga que pronunciarlo en voz alta.

María Martha Gigena