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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 18

Tócala de nuevo, Sam

Conozco la canción.

Sé perfectamente cada uno de los acordes y no necesito leer la partitura para darle a cada nota el lugar preciso, su tono justo.

Ensayé tantas veces que podría jurar que no voy a equivocarme.

Sin embargo, nuevamente, chingo el dedo y todo se desmadra.

Es como con la literatura, o casi.

Querer repetir las escenas no es poder hacerlo.

Siempre hay algo, un imprevisto, una torsión en la trama que desvía la acción hacia un margen no leído, ignorado acaso, escondido en el pliegue. La pregunta que surge en medio de la parálisis que provoca el imprevisto es qué hacer ahora, cómo seguir, porque un corte puede salvarse si inmediatamente sobreviene la continuación improvisada.

Así pasa en el teatro: si un actor en escena olvida un pie, un parlamento o lo que fuera, necesariamente debe hallar una salida imperceptible ante los ojos del espectador, pues de lo contrario se termina la ficción.

La nota es disonante, sí.

Pero tal vez en su encadenamiento logre una armonía, no lo sé.

Me dicen que yo “tengo oído”.

No comprendo muy bien aún qué quieren decir con eso, aunque es una frase a la que me gusta darle crédito.

Intuyo que se refieren a que puedo detectar el error y corregirlo.

O tal vez ese tener oído es ya haberlo escuchado, re-conocerlo.

De cualquier forma nada acontece sin el tiempo que lo marca en su distinción, que lo vuelve otra cosa aun cuando parezca reiteración.

La temporalidad traduce algo de un orden otro y lo inserta en una serie nueva.

Como la frase nunca pronunciada de Rick, como esta nueva improvisación que me animo a seguir hasta ver la coda.

Vanesa Pafundo