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Número 18

De lobos y maestros de guardapolvo gris
Estática

Nunca me cerró demasiado que el malo de la película fuera el lobo.

Por eso cuando mi papá me contaba el de los tres chanchitos y hacía hincapié en la importancia de una construcción vincular sólida, duradera, yo asociaba automáticamente la cultura del esfuerzo con el malhumor.

Porque el chanchito más trabajador era serio, malhumorado, introvertido, por lo tanto, mi conclusión inmediata era: los trabajadores, los fuertes, son jodidos.

Y lo que más me pesaba era que el mandato me ordenaba: “Buscate un tipo laburador, que apueste a lo seguro y bancate el carácter, mijita”.

Mi gran duda era el lobo.

Yo no creía en la existencia de gente tan estereotipada.

Cansada del chancho laburador y amargado, hace tres meses, me fijé en un lobo seductor y melancólico.

Lo conocí viejo y castigado, pero lobo al fin.

Tenía cara de gato y los dientes gastados y negros de tanto fumar habanos.

A la mañana temprano, se lo podía ver caminando por plaza Tacuarí con un guardapolvo largo y gris.

Parecía un placero.

Una mañana de abril, me acerqué para preguntarle si sabía por qué le habían cambiado el nombre a la plaza. -¿Qué nombre?-, me preguntó sin mirarme. -Máximo Paz-, le contesté, y señalé el tamborcito de Tacuarí. -¿Y a vos quién te dijo que le cambiaron el nombre?-, y se le escapó un chorro de baba. -No, nada-, le dije por decir. -¿Nada qué?- suspiró relamiéndose el bigote. Sentí un miedo instintivo.

Lo supe porque me dio lástima.

Lo mismo me pasaba con mi papá: la misma pena, las mismas ansias de redimirlo, cómo decir, de esforzarme hasta dar la vida por él.

Con el lobo viejo, igual.

Me salvó el asco que me daban sus dientes negros de tabaco sucio. Me fui de la plaza porque no me quise morir.

Desde la esquina vi un montón de chicos que salían de la escuela y lo seguían como si fuera un iluminado. -¡Ahí está el maestro!-, gritó una nena con colitas. -¡Sí!, seguro que hoy nos cuenta el de los tres chanchitos-, dijo otra subiéndose la bombacha. Me dio frío.

Me quedé parada en la esquina de 13 y 60 porque quería ver.

Los perdí de vista justo cuando se escondieron detrás de la acacia seca y entendí, por fin, que los lobos viejos se comen a los chicos que creen en los cuentos de chanchos, que siguen a los maestros de guardapolvo gris.

María Laura Fernández Berro