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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 18

Asientos

(desde Madrid) El otro día iba en el metro sentado cuando de golpe vi que entraba una embarazada.

Intenté hacerme el distraído para que otro le cediera el asiento, pero noté en los demás la misma actitud que yo había adoptado.

Entonces me propuse hacer un acto de buena voluntad y le cedí mi asiento, al tiempo en que me levantaba y le hacía un amable gesto con la mano señalándole la butaca que yo mismo había estado calentando durante 15 minutos. - No estoy embarazada – me dijo en tono serio, demostrando sentirse ofendida.

Acto seguido, y a pesar de que no cumplía con las condiciones técnicas para aceptar mi invitación, apoyó sus abultadas nalgas en el que era mi sitio. - Ni lo sueñes, si no estás embarazada me voy a volver a sentar yo- le respondí ofuscado. - ¿Por qué no te vas a la mierda? Métete el asiento por el culo, imbécil – me gritó mientras se levantaba. Mientras retornaba a mi cálido refugio temporal, una viejita que estaba sentada justo enfrente, visiblemente incómoda, intentó apaciguar la situación y le propuso a la excedida de peso que se sentara en su sitio, con la sorpresa de que la falsa embarazada aceptó.

Yo, al ver que la viejita se levantaba, le cedí mi asiento. - No, gracias hijo, yo ya me bajo– me agradeció. - A mi todavía me queda mucho viaje, joven, ¿me puedo sentar? – me preguntó un tipo con cara de cansado. - No – respondí-.

Usted no tiene más de 50 años, aunque está muy desmejorado, por lo tanto usted puede viajar de pie como todos los demás, no venga acá a hacerse el pobrecito. Un murmullo general invadió el vagón y se empezó a espesar el ambiente. - Déjalo, es un maleducado – comentó una señora. - ¿Y por qué no se levanta usted entonces, qué tiene, el culo pegado al asiento acaso? – respondí con fundamentos. Otro señor que observaba desde lejos me preguntó, en tono poco cortés, qué condiciones debía tener una persona para que yo le cediera el asiento.

El cuestionamiento abrió un debate entre los pasajeros, que cada vez se iba poniendo más caliente.

En ese momento el metro llegó a una estación y, al abrirse la puerta, subió un tipo con muletas. - Mirá, ahí lo tenés– grité al verlo, mientras me levantaba.

-Vos, vení, sentate acá. Al notar el ambiente tenso que reinaba dentro del vagón, el hombre intentó bajarse.

Pero entre unas cuantas personas llegamos a sujetarlo de los brazos (hubo algún tirón de pelo también) y lo sentamos a los empujones. El tipo se quejaba del dolor en su pierna, que tenía escayolada, e intentaba levantarse al grito de “hijos de puta, locos, pirados, policía”.

Entonces cogimos sus muletas y empezamos a darle bastonazos hasta que por fin se calló.

Pablo Maronna