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Número 9

La inocencia

La tijereta: tras la inocente referencia a un pájaro argentino encontramos un peligro extremo: la mujer, en el mejor momento, puede cruzar las piernas cortando de cuajo el órgano del infortunado.

Los que ya le conocían la cara a Dios nos explicaban la manera de trabar las piernas asesinas con nuestras rodillas, para controlar la situación en el momento clave. Las flacas eran peligrosas por lo afilado de sus huesos; mientras que se creía que la tijereta de las muelles podría soportarse.

¿Por qué la mujeres hacían esto? Los mayores, aquellos iniciadores innominados, lo daban como un hecho experimentado por algunos desprevenidos. El pájaro que la palabra tijereta designaba me resulta desconocido, pero podía suponerlo de pico afilado y pecho florecido en triangulo.

Quizá se deba a que la tijereta contiene la condensación de la tijera con la cajeta, palabra esta última que se confunde con cajas de zapatos y tarjetas postales. Esto me fue revelado a los diez años. Viendo a Tarzán trabar la boca abierta de un cocodrilo imaginé un sistema similar: ir a la cita provisto de una estaca con dos abrazaderas que pudiesen fijarse a los tobillos de la homicida.

Esta posibilidad entraba en contradicción con una costumbre difundida: quizá mi debut fuese a la salida de un cine, debajo de los árboles de alguna plaza o en el hueco de algún muro.

¿Cómo llevar la estaca sin despertar sospechas? llegó el momento en el verano del 58 pude usar con éxito el sistema de trabar con las rodillas, pero una purgación imprevisible me condujo a la Asistencia Pública durante quince días, donde fui asistido con inyecciones de una sustancia espesa y dolorosa. La cuenta regresiva: un día, sin saber por qué, nos informaron los peligros de la masturbación.

Los adelantos de la ciencia mostraban que las posibilidades de eyacular estaban contadas, sin que se supiese la cifra exacta y con el agravante de variaciones según la constitución hereditaria de los ardientes solitarios.

Desde ese día fue necesario controlar los impulsos para evitar ¿qué? Ninguno relacionaba el asunto con la paternidad, sino con la impotencia.

No se temía la futura ausencia de hijos sino que el semen, al agotarse, hiciera desaparecer con su desaparición la corona y gloria de la erección. Esta cuenta regresiva era iniciada cada día y olvidada por la noche, única manera de asegurarse un margen para el día siguiente.

Se creó entre nosotros algo parecido al “hoy no se fía, mañana sí”.

Con el tiempo, esta espada pendiente sobre nuestros impulsos más secretos, se fundió con la muerte: hoy no se muere, mañana sí.

No sé qué solución encontraron algunos amigos que no veo desde aquella edad. La yilé apasionada: descubrimos que por la zona del parque había mujeres de la vida que daban el gusto por monedas.

Esto nos hizo imaginar colectas que iban desde juntar vidrios para vender por kilo hasta hacer mandados para recibir propinas.

Cuando esta contradicción principal, la del dinero, fue resuelta y decidimos emprender por nuestra cuenta y riesgo el camino, un rumor nos paralizó.

Una de esas mujeres (¿cómo saber cuál?) se deslizaba hacia las entrepiernas con la promesa de una lengua deliciosa, pero cuando el mortal recibía los primeros placeres, una yilé surgida de no se sabe dónde, terminaba el asunto.

Un aullido, un chorro de sangre, la risa de la loca.

Gastamos nuestra plata en el cine y decidimos esperar tiempos mejores. El introito fatal: nuestro barrio empezó a regocijarse con el descubrimiento de un puto oficial, que lejos de simular sus inclinaciones las exhibía desafiando las leyes paternales, y provocando a los chicos, quienes formamos un piquete para realizar el introito trasgresor.

Pero en el prefacio de la acción llegaron noticias que detuvieron el impulso.

Varios, de otro barrio, después de la introducción prohibida, habían languidecido con fiebre, torturados por los demonios del remordimiento, hasta expirar en los brazos de sus respectivas y atribuladas madres.

Para que nuestra organización no pereciera antes de dar un paso decidimos una acción moralizante, digna de nuestras familias, atacando a piedrazos la babeante figura que aquella noche se acercó a nosotros llena de esperanza.

Germán García