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Número 18

Al infinito y más allá

En casi toda película de viajes espaciales hay alguien que sale de la nave.

Es siempre un momento tenso de la película.

Los ejemplos abundan: en 2001 Frank Poole muere (en una famosa elipsis) tratando de arreglar una antena; en Alien una parte de la tripulación baja a un planeta y uno de ellos, Kane, es invadido por el bicho del título; en Alerta solar uno de los escudos protectores se avería y el capitán muere tratando de arreglarlo.

De hecho, el motivo puede encontrarse en el primer film de cierta importancia dentro de la ciencia ficcón.

En Voyage dans la Lune, realizada en 1902 por Georges Méliès, para que la nave vuelva a la Tierra es necesario que alguien la empuje hacia abajo. Esta recurrencia parece característica del viaje espacial cinematográfico.

No se trata, claro, sólo de la salida, sino del peso dramático que tiene la visita al exterior de la nave espacial.

En efecto, quienes salen arriesgan su vida por el mero hecho de salir.

Así, de Méliès a Alerta solar alguien expone el cuerpo por el bien de la misión o de sus compañeros.

El hecho amerita variantes (que van desde el terror en Alien hasta la parodia en Guía del viajero intergaláctico), pero tal vez dos rasgos nos permitan explorar su persistencia. El primero es el peligro, que subraya la aventura, la excepcionalidad del viaje.

El cine de ciencia ficción pone gran cuidado en indicarla (hay que salir con escafandras, hay que estar preparado física y mentalmente, hay que moverse en condiciones penosas, con poco tiempo, evadiendo meteoritos, etc.).

El segundo rasgo: las naves no viajan solas por el espacio y, tarde o temprano, necesitan que el hombre participe.

Así, la salida de la nave espacial modaliza la relación entre tecnología y hombre.

Lo que se presenta, entonces, es una reciprocidad: porque si por una parte este motivo muestra la dependencia de la tecnología, por la otra muestra sus limitaciones.

La economía del género garantiza en un solo movimiento ambos rasgos: la aventura y el saber, los cuerpos y las máquinas indisolublemente ligados, para bien o para mal. Si esta recurrencia es característica, entonces tal vez se pueda extraer de ella alguna descripción más general.

Porque visto desde este lugar, un relato de viajes espaciales se caracteriza, en la ciencia ficción, por hablar la aventura de los cuerpos, de los riesgos de asomarse a lo desconocido (y por esto La Guerra de las Galaxias es más una película de aventuras que una de ciencia ficción: el espacio exterior no existe como problema, da lo mismo subirse al Halcón Milenio que subirse a un barco pirata).

Pero también el viaje espacial es una exploración específica de las formas de la tecnología (y por esto, antes que por su referente histórico, Apollo 13 no es una película de ciencia ficción, porque la exploración tecnológica se desplaza al control de misión). Y también por eso, tal vez, nos siga resultando fascinante ver naves espaciales viajando a donde ningún hombre ha llegado.

Ezequiel De Rosso