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Número 17

Reivindiquemos a los hermanos Sofovich

Hace ya tiempo que me alejé del circuito habitual de la crítica cinematográfica.

Y no es una cuestión de falta de ofertas.

Prácticamente todas las semanas recibo alguna “oferta” para ocupar ese espacio en algún programa de radio, televisión o medio gráfico.

Y sistemáticamente rechazo los ofrecimientos de la misma manera que rechazo las invitaciones a las funciones para prensa, avant premieres y todos ese tipo de eventos.

Pero la semana pasada me invitó a asistir a la presentación de un cortometraje un joven director y, dada la gentileza que alguna vez tuvo de no presentar cargos en la justicia contra mí luego de un altercado que tuvimos, decidí devolverle el favor.

Cuando llegué a la dirección indicada, alta fue mi sorpresa al no encontrarme con una pequeña sala de proyección, sino con una casa antigua, tipo chorizo, pero “emprolijada”, con colores chillones en las paredes.

Me recibió éste muchacho con mucha alegría y me presentó a varios amigos suyos, todos directores/guionistas/camarógrafos/actores/pro¬ductores de sus películas.

El tópico de la conversación era, obviamente, el cine.

Mientras algunos hablaban maravillas de “La ciénaga” o “El asadito” otros analizaban las posibles interpretaciones de tal o cual película de David Lynch.

Entre las posibles explicaciones a una escena en la cual dos viejos, convertidos en miniaturas, salen de un tacho de basura para increpar a otro personajes alguien dijo “es como las películas de Olmedo y Porcel, siempre se trata de querer coger”.

Todos se rieron y uno en particular, en el medio de la risa decía “por dios, qué películas de mierda esas”.

Debo aceptar que perdí la calma.

Le pregunté por qué decía tal cosa, y me explicó que esas películas eran muy básicas, mal hechas, con personajes poco desarrollados y burdos, “como todas las películas de Sofovich”.

Intenté explicarle que estaba generalizando, que las películas del dúo cómico no eran todas iguales, y que particularmente las que dirigieron o escribieron los hermanos Sofovich eran las mejores.

La respuesta del tipo fue “a mí en la universidad me dieron para ver “Mirame la Palomita” y es una mierda”.

Insistí un poco en la defensa de los hermanos Sofovich explicando que justo esa película es una de las menos logradas, y que no tienen nada que ver ahí ni Hugo ni Gerardo, pero fue inútil.

Tras una larga enumeración de “cosas horrendas que tienen esas películas”, incluyendo “un pobre tratamiento de los personajes”, “fotografía deplorable” o “tratamiento infantil de la sexualidad”, reflejado en “escenas de desnudez gratuita” decidí abandonar la lucha.

A fin de cuentas, yo era un simple crítico cinematográfico sin ningún título, con sólo cuarenta y pico de años de profesión como aval, frente a todos estos directores/guionistas/productores, egresados de las mejores universidades de cine del país.

Por suerte comenzaron a proyectar el corto, en el cual, el director/actor, desnudo, sentado en una lata de pintura vacía se comía un sanguche de salame y queso mientras un perro perseguía a una tortuga que atravesaba todo el plano en tan sólo veinte minutos.

Mariano Quintero