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Número 17

La hora del ángel

Me duele el cuerpo - precisó mi abuela- y se tiró a dormir en el sillón del living.

Se le fue abriendo la boca y frunciendo la frente, cobrando ese aspecto de rezongo, de queja, fastidiada y vencida por el sueño de la siesta. Apoyé todo mi lado izquierdo contra la ventana para aprovechar la luz que ya abandonaba los huecos bajos de la ciudad.

Me volví para mirarla de nuevo.

Por encima de ella, prendido al respaldo -como esperando que mi atención diera en el blanco- estaba ese pequeño sujeto medio transparente, amarillento, acaso dorado.

Lo observé por unos segundos.

Tenía un ala de plumas diminutas caída sobre uno de sus hombros y con sus puños finitos balanceaba la punta de la otra; el atardecer y mi perplejidad lo hacían lucir como un loro descolorido.

Me preguntaba si lo había visto alguna otra vez, en algún cuadro de alguna iglesia...

cuando de pronto, un frío intenso que corrió por mi espalda borró de mi cabeza todo menos un aterrador presentimiento: - La tocás y te mato - le dije.

Entonces habló con un graznido de cuervo. - No vengo por ella, seño, es por usted.

Pero le aviso que tiene una oportunidad de no venir conmigo: si me gana a la generala. Y ahí nomás lanzó los dados sobre la mesita junto al sillón.

Una breve percusión sonó mágica contra la noble madera. Eran cinco dados verdes en cuyas caras aparecían extrañas criaturas con muchos cuernos y pocos ojos, temerarios emperadores galácticos, superhéroes desconocidos, incontables estrellas fugaces, rayos partiendo por la mitad planetas abandonados... - Cada tirada es un deseo suyo, seño.

Usted y yo sabemos cuáles son esos deseos y qué orden les ha puesto ¿me entiende? Empezó la jugada.

Arbitraria, indescifrable, loca jugada. La persistencia de su júbilo tonto sentenciaba que no me estaba yendo bien, y cuando sentí que ya no me quedaba tiempo, desesperadamente, desparramé mi última apuesta en un aullido: -¡¡¡Tachame “Cantante de rock” !!! - grité con toda mi alma. El silencio que vino después dejó mudos y más quietos a todos los objetos de la casa.

Fue un silencio profundo y negro como un lago entre las montañas... El ángel desapareció.

Oí un aletear desparejo sobre el techo. La abuela se despertó y se levantó de un salto, con un matamoscas en la mano y la mirada fija en el infinito.

Nora Martinez