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Número 17

El Ponchi, Majita y yo
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L o hablé con el psicólogo del Ponchi.

Lo hablé con mi psicóloga.

Lo hablé con ella, con Majita, mi novia desde hace casi seis meses.

Incluso lo hablé con él, con el Ponchi, oblicuamente, sin entrar de lleno en el tema.

Abusando de las metáforas, de la adjetivación, de las elipsis, así lo hablé.

En algún momento va a llegar el día, ese día, alguna vez mis chiquitos tendrán que conocerse.

Digo mis chiquitos porque la diferencia de edad entre mi novia y mi hijo es poca.

Él tiene 7, ella 22.

Y además se parecen en muchas cosas.

Los dos se quedan parados en los kioscos, con la boca abierta, fascinados con el espectáculo de las golosinas agrupadas en prolijo amontonamiento.

Los dos aman la naturaleza, el vagabundeo sin rumbo por las calles, los perros, las gaseosas, las noches de luna gorda -llena, redonda-. Hace rato que vengo pensando en hacer las presentaciones formales.

Decir: Ponchi, ella es Majita.

Majita, él es el Ponchi.

Ahora imagino las caras de ambos: la cara con mocos de él -dentadura incompleta, restos de chocolate en los labios-.

La carita linda de ella, siempre sonriente, luminosa. Sé que si se dejan las cosas libradas al azar tienden a empeorar, pero también sé que es difícil intentar controlar el azar.

Habría que llegar a un punto intermedio, un punto ubicado entre la espontaneidad y la organización.

Cosa que nunca pudimos hacer, ninguno de los tres.

Yo suelo planificar mis actividades con mucha anticipación, agendo todo, pero después me olvido de revisar la agenda y anoto en papelitos y pierdo los papelitos y llego tarde o no llego o llego sin saber exactamente a dónde.

Ella es organizada, pero sus planes pueden cambiar tres veces a lo largo de una hora y finalmente, lo que a veces ocurre, termina haciendo algo que ni siquiera hubiera podido imaginar un rato antes.

Y él, por supuesto, por su temperamento, por su edad, no deja de probar, de jugar con el tiempo, de entrar y salir del mundo.

Siempre con ganas de superar los límites, encontrar lo que nadie buscó. Pienso en ellos y me acuerdo mucho, en es tos días, de e sos versos de E.

E.

Cummings: “...con sólo mirarme me liberas / aunque yo me haya cerrado como un puño / siempre abres / pétalo tras pétalo mi ser, /como la primavera abre con un toque /diestro y misterioso su primera rosa./ Ignoro tu destreza para cerrar y abrir /pero, cierto es que algo me dice / que la voz de tus ojos / es más profunda que todas las rosas.

/ Nadie, ni siquiera la lluvia, /tiene manos tan pequeñas”.

Ariel Bermani