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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 17

Ramal que para ramal que cierra
Hombre

A quella espera silenciosa a la que se había entregado el personal luego de que Betty nos dejara sin más explicación que la búsqueda de una improbable certeza existencial, finalizó en el momento mismo en que nuestra compañera de tareas entró, con un par de kilos más, por la puerta de la Biblioteca. Mientras el referencista se animaba con voz cálida pero dudosa entonación a tararear bajito “Volvió una tarde, no la esperaba…”, Betty se dedicó a besarnos en la mejilla, leve pero afectuosamente, y a murmurar sin demasiada convicción lo contenta que estaba de vernos y lo precioso que quedaba el arbolito de Navidad en el descanso de la escalera. Clausuradas por un rato, ante semejante declaración, las posibilidades de preguntarle a Betty por las verdades descubiertas en sus días de licencia, lo que quedó para el resto de la tarde fue ocuparnos diligentemente de los muchachos que invadían la Sala de Lectura sobre el final del ciclo lectivo.

Algunos de los más conocidos, con su Cindor asomando por el bolsillo de la mochila, se dedicaron con fruición a completar una serie de dudosos ejercicios de Lengua y Literatura en los que términos inusuales debían incluirse en oraciones unimembres con vocativo incluido.

En un rato, una catarata de palabras olvidadas o desconocidas nos había reunido alrededor de la mesa y degustábamos con los visitantes las posibilidades poéticas de procrastinación y serendipia, por nombrar algunas, con un entusiasmo evidentemente distractivo y cierto grado de irresponsabilidad. No pasó demasiado tiempo para que, apoyada en el fichero, Betty me hablara del modo en que semejante ejercicio grupal la enfrentaba a un diagnóstico preciso.

Y casi en un susurro, me habló de las últimas semanas, en las que había podido neutralizar su impulso procrastinador, y subirse al tren que se le ofrecía, y dejar de postergar por cobardía o perfeccionismo lo que quería para ella.

Pero me dijo también que eso no dura demasiado, y que aunque se tratara de subirse al tren o perecer, su naturaleza era quedarse en la estación, bien peinada y tarareando bajito, revisando los horarios de los rápidos y charlando con otros, ver¬daderos pasajeros, mientras subían las valijas. La confesión se terminó ahí nomás, pero hace unos días que Betty deja tirados por la Biblioteca objetos imposibles, que parecen botellas lanzadas al mar, o deja caer por el balcón, casi a la hora del cierre, papelitos que no llego a leer.

La insistencia con la que ha consultado últimamente los diccionarios me hace pensar que dentro de sus planes está aprovechar los términos más exitosos de aquella tarde en la Sala de Lectura, y oponer a su naturaleza la contingencia de la serendipia. Pero no me animo a decirle, ahora que llegan las fiestas y se pone más sensible que de costumbre, que las casualidades y el azar son precisamente eso, y que inventar un tren imprevisto es otra forma de quedarse sentada y tal vez más distraída.

María Martha Gigena