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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 16

Milagros

Llegué a casa cargada como siempre.

Las bolsas para la comida, el abrigo que a esa hora caliente y húmeda de la tarde se había vuelto totalmente inútil, el paraguas por las dudas, la cartera repleta de cosas que pasivamente me acompañan por la vida, mi agenda siempre a mano y un pote de helado para Milagros. Escuché su correteo juguetón ni bien oyó la puerta, la vi esconderse tras el armario del comedor como cada vez que vuelvo de la oficina, y empecé el juego de llamarla con aire desesperado, como si no supiera dónde cristo se habría metido mi niña -y aquí la frase mágica-: “y yo que le había traído eso que tanto me pidió a la mañana, que esta vez sí podía comerlo antes de cenar...” Entonces apareció, muerta de risa, con los ojitos clavados en el postre que me arrebató, y nuevamente salió corriendo, sabiendo que todos mis sentidos la seguirían para no perderme ningún detalle de su agitado día, dedicado íntegramente a sanar a la tortuga y a sus peluches de los recurrentes dolores de panza e incómodos caprichos, aunque lo más grave parecía haber sido el enojo de la rubia flaquita y articulada a causa de un cambio de ropa que no le había gustado. Abrí la agenda con cuidado de no morder con el cierre el papel donde había anotado unos datos.

-Tengo que aceptar este viaje -pensé- es una buena oportunidad, un par de semanas es mucho tiempo pero todo va andar bien.

Tenía que llamar antes de las ocho para confirmar.

Cerré la agenda y memoricé el número.

En un rato Milagros volvería a jugar en su habitación, quise esperar para llamar tranquila.

Pero tardó como dos horas en comer el helado, y le llevó una eternidad descubrir e inventar cierta cantidad de sonidos chirriantes friccionando la cuchara contra todas las paredes del envase.

Hice un café. Cuando la vi chupándose los dedos, apunté con el teléfono para el lado del baño, señalándole el recorrido hasta el lavamanos.

Se fue estirando el vestido, dejando unas gotas blanquecinas y pastosas por el piso. El número que quería marcar se me fue de la cabeza.

Saqué de nuevo el papel de la agenda, y en ese mismo instante, una catarata de agua y crema americana cayó sobre mí.

Mis anotaciones quedaron absolutamente ilegibles.

-¿Qué hacés, Milagros?- le pregunté mientras secaba con mi camisa su boca y mi cara y sus brazos y mis medias y sus pies y mi agenda. -¿Hacemos la torta de manzanas? -me contestó. -¿Cuál, la de las persianitas? - le sonreí.

Nora Martinez