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Número 16

No tan inocente

Ríos de tinta han corrido desde la publicación de la autobiografía de un notable escritor cuyo nombre prefiero no escribir (sólo diré sus iniciales: G.G., que mereció el Premio Nobel de Literatura y que no publica en estas páginas). En esa autobiografía “Pelando la cebolla” (Beim Häuten der Zwiebel), reconocía haber integrado las feroces SS (no es su Seguro Servidor), una organización militar y de seguridad del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores o Partido Nazi. Que tenía 17 añitos, que le seducían los uniformes, que no sabía, que su cargo era administrativo, que desde su escritorio sólo veía la pared, que no sabía, que tiene un amigo judío, tales fueron algunas de sus explicaciones. ¿Debe ser un escritor el modelo de la sociedad que integra? ¿Cuáles faltas del pasado son perdonables y cuáles no? ¿Es obligatoria la sinceridad del literato? ¿Debería pedir disculpas? ¿Debería llamarse a silencio? ¿Y Sábato? ¿Y el Frepaso? Estas y otras preguntas ha generado la confesión de G.G.

entre los más diversos opinadores, y tantísimas certezas, a favor y en contra, de las plumas más lúcidas que se pueden leer. Pero todavía no se sabía toda la verdad.

Faltaba un dato importantísimo.

Cualquiera que haya leído la imperdible (1.478 páginas en 4,700 kgs de libro) autobiografía del escultor lapón Aiko Kempëinën descubrirá que la ofensa de G.G.

es tanto mayor que la que reconoce. Es que Kempëinën en aquel bodoque publicado en 1963 titulado “Pelando la banana” (Beim Häuten der Banane) reconoce haber militado, con ingenuos 25 años, en la “Troupe de las blusas salmón”, facción más radicalizada de los saamis conservadores.

Comparando ambas confesiones se obtienen coincidencias imposibles de soslayar.

La presunción deja mal parado a G.G., acaso ya cerca de que se lo disculpe por sus pecados juveniles, pero tan, tan lejos de que se lo perdone por el plagio.

Roberto Gárriz