ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 16

Dientes

Tiene una ventanita en la boca.

Eso le da un aspecto cómico.

En los últimos meses fue perdiendo los dientes de leche.

Los de arroz le van creciendo lentamente.

Pero a veces, como ahora, hay zonas de su boca que están así, despojadas, y los restos de comida se hunden en los agujeros de las encías.

Y putea porque no puede sacárselos.

Y escupe.

En cualquier lugar, escupe.

En la calle, en el cine, en la escuela.

Otra cosa desagradable que hace es limpiarse la nariz y los labios con la ropa.

Levanta la remera a la altura de la cara y se suena los mocos, por ejemplo.

Yo lo reto y le pido que deje de comportarse como un animalito pero él me responde que todos somos animales: somos mamíferos, Ari, me dice. -Bípedos implumes, le digo.

-Qué cosa, contesta.

-Bípedos implumes.

-Tu abuela. Cada vez se le hace más difícil masticar los palitos de la selva.

Los alfajores le embarran la boca.

Se ríe mucho.

Todo le causa gracia.

Siempre.

O casi siempre.

Pero no hoy.

Hoy no fue gracioso.

Cuando lo fui a buscar al colegio lo vi con la cabeza gacha.

La maestra lo tenía abrazado pero era una abrazo fingido, como si quisiera retenerlo para que no se le escape.

Enseguida me di cuenta que algo estaba mal.

Ella empezó a contarme los hechos, él miraba el piso y yo me preguntaba si van a permitir que el año que viene el Ponchi continúe en esa escuela.

-Le dimos un montón de oportunidades –dijo la maestra y yo reconocí que es así.

Es cierto, le dieron un montón de oportunidades. -Tengo que hablar con la directora y con la psicopedagoga –dijo.

La directora es simpática, estilizada, de jean.

La psicopedagoga usa el pelo cortito, es amable, le gustan los libros de Bucay y del otro, el brasilero ése -ahora no me acuerdo cómo se llama-.

Estamos en las manos de esas tres mujeres.

-Qué hizo –pregunté y me acordé del agujero de sus dientes.

Le voy a abrir nuevas ventanas, pensé, muchas ventanas, le voy a bajar los dientes.

-Le bajo los dientes –dije, levantando la voz, y la maestra me miró desconcertada.

-Con un compañero taparon las piletas del baño con papel y abrieron las canillas –dijo-.

Inundaron todo.

El Ponchi levantó la vista y se defendió: -Yo no fui –dijo.

Me dieron ganas de fajarlo y de cagarlo a besos y de escapar de ahí, rápido y de estar a solas con él y preguntarle por qué hace esas cosas, qué es lo que espera de la vida.

Pero sólo dije, repetí, que le voy a bajar los dientes.

Él metió las manos en los bolsillos, me miró de reojo y -lo juro, lo juro-, sin que la maestra se dé cuenta, me sacó la lengua.

Pasó apenas la punta de la lengua por el huequito de los dientes.

Ariel Bermani