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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 16

La prima Vera

Vera, la prima de Chacabuco, vino a estudiar a Buenos Aires, cuando no tenía –como dice el tango- quince primaveras. Compartimos la habitación de un departamentito que mi padre me había alquilado en Corrientes al 2100, al que se entraba por una galería comercial La habitación tenía dos camas, le cedí la mitad del ropero que había sido de mi abuela y un estante de mi biblioteca para sus pocos libros.

Por la noche, hablamos de una cama a la otra y en una de esas me dijo que necesitaba una maquinita de afeitar. No era para las piernas, eso ya no se usaba.

Me reveló que se afeitaba adelante desde que le habían aparecido los primeros signos de lo que podría haber llegado a ser un sedoso monte de venus, a juzgar por ese pelo tan suyo. Pero a los chicos no les va a gustar, dije para tantear la oscuridad de su cabeza.

Respondió que no pensaba entregar eso antes de casarse, que se conformaran con la cola. Con una voz que al ser invadida por el deseo amenazaba con desaparecer le dije que le dolería.

Respondió que lo había hecho muchas veces y le dolió la primera vez y que después nada. Iría por detrás, para entrar por delante.

Me deslicé en su cama, me hizo lugar y giró para quedar de espalda, curvada como un trazo de caligrafía.

Cucharita, susurró.

Yo quería más bien ser cuchillo, algo punzante.

Detrás sí, pero por delante no.

Con un movimiento rápido me eludió, insistí y se negó.

Tuve que conformarme.

¿Adelante nada?, pregunté con voz tenue.

Un dedito, la lengüita, nada más, respondió con voz modosa.

Dócil, acepté.

Pero así te gusta más.

Por fuera sí, por dentro no. Al rato volví a mi cama, como algunas otras noches le relaté el proyecto de un cuento.

Al poco tiempo mi tío la obligó a volver a Chacabuco.

Nos despedimos con lo que Vera llamaba sexo oral recíproco. Como tenía tres años más que ella mi tío me acusó de haberla pervertido y dijo que iba a matarme cuando viniera a Buenos Aires.

Después se le pasó, por suerte.

Germán García