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Número 2

Ford en compañía

Las fotos muestran a Ford Madox Ford como un señor envarado, de bigotito ineludible y con una mirada algo triste o perdida, un poco incómodo con su se propia mezcla figura con o la quizás del hombre tratando insistentemente de parecer mundano maltratado y sin terminar por las mujeres de creerse en el la personaje.

única novela Quizás suya simplemente que he leído aparece (y que un probablemente poco débil, o es leeré), que su El figura buen soldado. Esa confusión inmediata, hace que John Dowell tenga para mí esa apariencia, tal vez porque no he visto la película que los ingleses hicieron sobre la novela, y por lo tanto no tengo otra cara para ponerle a ese narrador.

Pero el conjunto de las relaciones injustificadas que provoca El buen soldado no termina allí; en lugar de eso, se desborda una serie de conexiones neuronales que es mejor dejar en la comodidad de lo arbitrario. El buen soldado, por ejemplo, debería estar junto a Jane Austen por la simple razón de que, obligados a contestar acerca de ¿de qué se trata la novela?, podría decirse algo como: gente que se casa o se compromete con la persona inadecuada, malvadas mujeres que engañan a quien las ama y hombres que no pueden oponerse al deseo, vidas entregadas al sacrificio del amor sin la recompensa de ser correspondidas, secretos que deben ser develados para que nos quedemos con la boca abierta pero también para que la acción tome nuevo impulso y todo deje de ser lo que parecía ser.

Y, en el caso de Ford Madox Ford, todo esto con el fondo de una clase que experimenta el pasaje y la invasión, más bien, del siglo XX.

Lo demás (la complejidad de la culpa y el perdón, el castigo y el premio, las sinuosidades de esos caracteres) queda afuera y se descubre en la lectura. Junto a El buen soldado también debería estar La dama de blanco, tal vez por las mismas razones, aunque más arbitrarias todavía.

O también Conrad, pero solamente porque escribieron dos novelas juntos, en una sociedad extraña, a lo que no necesariamente debe uno asomarse y tratar de explicar. Pero sumando a la arbitrariedad de parentescos, quizás lo más inexplicable es el placer que supone reclamarle a Vila-Matas que Ford Madox Ford no forme parte de su club de escritores-Bartleby.

La extensa nota al pie para una literatura del No que es Bartleby y compañía, está repleta de aquellos que se negaron a seguir escribiendo, los que se sometieron a la imposibilidad de la escritura, los que se pasaron la vida preparando un libro que nunca llegó a escribirse, los que se condenaron al mutismo como única posibilidad, o finalmente los autores de un solo libro. Ford Madox Ford no entra, a primera vista, en ninguna de estas categorías y fue en verdad un escritor casi inagotable: ensayos, poesía, memorias, crítica; un promotor de la literatura y un amigo de escritores a los que luego publicó.

Sin embargo, por sumar arbitrariedades, tendría que formar parte de esa lista. Tal vez solamente porque el narrador de Vila-Matas empieza diciendo “nunca tuve suerte con las mujeres” y claramente John Dowell tampoco, o porque mi primer contacto con el libro fue acompañado del sospechoso comentario “dicen que es un escritor de un solo libro”, o porque no he sumado otras lecturas a la de El buen soldado, Ford Madox Ford es un Bartleby oculto, y de la mejor manera, en el autoengaño de la proliferación.

María Martha Gigena