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Número 16

Sobre la palma de mi lengua
El pintor

La canción pop escapa a dos de los mayores males del Occidente moderno: la sinceridad y el arte. En efecto, las canciones pop no pretenden hacerse pasar por lo que no son: no son, ni parecen, canciones con “mensaje”; no son, ni parecen, canciones “sinceras”, no son, ni parecen, interioridades expuestas, almas en pena.

No son, ni parecen, la sangre del cadáver de tantos torturados poetas. Más aún, inclusive cuando el pop se refiere a los sentimientos, su banalidad es escandalosa: “Murmullo descuidado” (de Wham!) dice “nunca voy a bailar de nuevo, los pies culpables no tienen ritmo”.

Es una canción ñoña: todo lo que dice una canción pop ya fue dicho antes (y mejor, y más seriamente).

En este sentido, la canción pop es un arte combinatorio (como todo arte) que no esconde su condición.

Estética industrial, pero también estética incrustada en lo industrial, es transparente: no hay sujeto detrás de la música, no hay, en este sentido, más que transparencia en la música pop. Por eso, por su condición superficial, la canción pop es fácilmente seriable (de ahí, en parte, su éxito industrial), pero imposible de parodiar (y por eso el grupo “Pop!”, de Letra y música es menos una parodia que un homenaje): no hay nada detrás de la canción pop que pueda exhibirse como presupuesto o ironía, entre otras cosas porque la canción pop nace vacía de contenido.

Fue la moral, no el buen gusto, lo que derribó a Michael Jackson; fue el ego (pura profundidad), no el absurdo (de sus letras, de sus videos) lo que destruyó a Talking Heads; fue la moda, no la parodia lo que destruyó la carrera de la adorable, la siempre llorada, Cyndi Lauper. Se trata, claro de un arte de superficie.

Es imposible reflexionar sobre las letras de Michael Jackson o de Madonna (dos de los más grandes artistas de la segunda mitad del siglo pasado): son lo que dicen, sólo se las puede cantar, se las puede bailar.

Así, no importa quien canta, cantó alguien. Y es por eso que la canción pop es la más pura forma de la alegría (que no es lo mismo que la felicidad) o de la tristeza (que no es lo mismo que el infortunio) que ha dado el siglo XX.

Bloques de afecto imposibles de diseccionar, en su momento de gloria (los Beatles, Madonna, Miranda!, Charly García, Talking Heads), las canciones pop nos reconcilian con la cultura.

Es por eso que resulta intolerable para quienes creen que lo más recomendable para el individuo es el estado de alerta constante, la profundidad de la reflexión.

Insomne, el individuo consciente de los males del mundo debe velar por su futuro y el de la cultura, siempre al borde de la disolución.

El problema, claro, es que ese camino lleva a la mistificación de esa misma disolución, a la que conjura y corteja.

Se acusa entonces a la canción pop de banalidad y escapismo, de calculado engaño de la industria cultural. Nada hay en el pop, sin embargo, que no sea honesto.

La brutalidad de su ritmo y sus letras no admite otra cosa que la suspensión de la subjetividad y de las pretensiones del arte.

Es una estética que nos libera de las serviles timideces cristianas y de las supercherías del yo.

En su pura superficie, el pop nos dice con la mirada impávida de Buster Keaton, que todo es texto y mercancía, y que nada hay detrás de esto.

Verdadero arte antihumanista, la canción pop es, también, el único arte de barricada posible.

Ezequiel De Rosso