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Número 15

Los cuarenta

Pasó de golpe, casi sin darme cuenta.

Yo sé que es un número importante, pero no me conmueve, ni siquiera lo tengo presente.

De todas maneras esto pasó recién, ahora, está pasando, en realidad, estoy llegando a esa cifra hoy mismo, hoy, jueves, 27.

El cuatro y el cero juntos.

El Ponchi opina que estoy hecho mierda.

Que soy un viejo y que falta poco para que me muera.

Cuando le pregunto si me ve viejo él contesta “muy”.

Se le pegó el lenguaje de los adolescentes.

Dice “boludo”, dice “finde”, dice “te llamo en quince”.

Odio que hable así.

Le regalé un diccionario enciclopédico de la lengua española, la última edición, la más completa y lo obligo a memorizar vocablos poco usados para que, de vez en cuando, me sorprenda con palabras tan lindas como “abedul” o “vituallas”.

Incluso le cito versos para estimularlo en la investigación.

Le digo, por ejemplo: “Ataviada de pencas, de gladiolos: cómo fustigas, madre, esas escenas de oseznos acaramelados, esas mieles amargas...”.

Y él se pone furioso porque no entiende.

Una vez me dijo: “qué decís, boludo” y empecé a correrlo -estábamos saliendo de la escuela- y cuando lo alcancé y le dije: “cómo boludo”, él me respondió: “boludo cariñosamente, Ari”.

Cuarenta.

Un número grande.

El Ponchi se asombra de que alguien haya acumulado esa cantidad de años.

Yo le explico que no es tanto, que hay gente de sesenta -su abuela por ejemplo- y gente de setenta y siete -su bisabuela-, pero a él le causa gracia.

Y se ríe.

Y me dice que su bisabuela es más vieja que dios.

Yo le pregunto a qué se refiere cuando dice “dios”y él, que me conoce más que mi propia madre, evita responder para no entrar, otra vez, en una de nuestras discusiones interminables. Casi nadie sabe que hoy es mi cumpleaños.

En general aviso, invito, organizo algo, pero esta vez no.

Vamos a estar solos, el Ponchi y yo.

Voy a preparar unas pizzas a la noche y vamos a tomar mucha coca.

Pero antes, a la tarde, vamos a jugar a la pelota hasta cansarnos.

Hasta quedar agotadísimos, hasta no poder mover las piernas.

Nos gusta jugar así, en forma brusca, cagarnos a patadas, empujarnos, llenarnos de barro, de moretones.

He conocido pocas cosas más lindas, en toda mi vida, en estos cuarenta años de vida, que jugar al fútbol con él.

Sé que voy a patear la pelota con fuerza y que lo veré volar, con los guantes puestos, y descolgarla del ángulo, y revolcarse, levantarse, y mirarme, canchero, abrazado a la pelota roja, o a la negra.

Supongo que será la roja porque la negra está desinflada.

Seguro que hoy, cuando la tenga así, apretada contra su cuerpo, va a decirme, a los gritos: “viste, Ari, viste que estás viejo.

Ya ni podés hacerle un gol a tu hijo, que es chiquito”.

Ariel Bermani