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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 15

Encajes

Había una vez era una joven de soslayo recortada en el marco de una puerta.

Un vestido de seda negro con aberturas caladas le amoldaba el cuerpo de piernas como mimbre, atribuyéndole formas tupidas.

La piel muy blanca a través de los encajes sobre el negro, la muchacha se puso a acariciar los cuernos de un ciervo que parecía herido, tirado contra un arpa. Extrañado por haberse detenido a mirar una vidriera de la avenida Callao, se dijo que el día había empezado mal, su portafolios seguía pesando casi como al salir de su casa.

Al cabo de visitar a dos médicos, de los ocho que reclamaba su agenda, encaró para el Congreso, cruzó la avenida en dirección al Bajo y se sentó en uno de los taburetes del mostrador de un café, de espaldas a la calle.

Pidió un cortado y una medialuna de grasa.

Un bombo le hizo alzar instintivamente la cabeza hacia el gran espejo del bar.

El bombo repiqueteaba desde un camión atestado de hombres, casi todos jóvenes, de rostros macilentos y decididos, que gritaban sin ganas, como si babearan, el nombre de Palito Ortega. En el extremo del mostrador que daba al fondo, un chico, de pie, lo miraba fijo. De grasa, le dije.

Déme lo que yo le pido, no lo que a usted se le ocurre- le dijo al mozo que se acercó a atenderlo. No me hable así – dijo el mozo al colocar el cortado junto a la medialuna que le acercó el chico. Bajó del taburete, dio media vuelta, tiró con su mano derecha unos billetes sobre el mostrador y se fue masticando insultos. El camión había desaparecido.

Fue bajando por Callao, y a pocas cuadras de Libertador una gran vidriera, iluminada en plena tarde en la vereda de enfrente, lo sacó de mirar sin ver.

Un bastidor de dos paneles anunciaba desde el interior, escrito a mano y en firulete: HABÍA UNA VEZ La muchacha de negro detuvo sus ojos en él.

No tardó en comprender que era un error.

La muchacha había dejado de acariciar los cuernos del ciervo para suspender su mirada entre la avenida y el escaparate donde él se reclinaba. Reflejado en la vidriera, apareció el camión, detenido junto al cordón.

Vio que el mozo y el chico se descolgaban sin apuro y caminaban hacia él. Alrededor de la muchacha se agolpaban otras imágenes y se dispersaban, como los movimientos de una multitud.

Osvaldo Tcherkaski