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Número 15

Manualidades

Manualidades La semana pasada llegó a la Biblioteca el pedido de librería que financiamos con la última cuota de nuestro subsidio anual; y Betty lo recibió con el semblante descompuesto por la felicidad y una mano temblorosa que apenas la dejaba sostener la Parker con la que firmaba el recibo.

La insistencia con la que se negó a que abriéramos juntas los paquetes debió ponerme en guardia, pero las tareas del archivo y la lluvia interminable habían anulado por esos días todas mis capacidades deductivas.

La abundancia de cartones de diferentes grosores, placas de telgopor y pomos de témpera que se ordenaron sobre su escritorio no me parecieron tan alarmantes como lo hubieran sido en un día de sol, y la elección de una librería artística como proveedor me pareció un poco frívola pero también un gesto de considerable elegancia.

Pero ayer, después de varias jornadas de casi absoluto encierro en el depósito del fondo, Betty desplegó en la Sala de Lectura los caballetes y el tablón que se usaron para las XXVII Jornadas de la Asociación de Bibliotecarios Municipales en agosto de 1996 y colocó allí una maqueta pulcra y precisa de nuestra Biblioteca, en escala 10:1.

Un minuto más tarde abandonó sobre el escritorio de Mesa de Entradas un pedido de licencia por dos días y se sentó a mirar su miniatura, en una posición incómoda en la que permaneció por varias horas.

Con un vistazo disimulado pude ver que la nota membretada explicaba el deseo de disfrutar allí mismo de su receso, para contemplar desde afuera el lugar que en realidad la rodea, para poder mover con menos ansiedad a la Betty chiquita ubicada detrás del escritorio minúsculo.

Pero la energía que a menudo la consume alejó rápidamente a Betty de la contemplación.

Fue al depósito en busca de lo necesario y llamativamente, con dos o tres toques de pegamento y unas modificaciones estratégicas, apareció ante nuestros ojos un livingcito elegante y una Betty un poco más rechoncha.

En un susurro, el referencista me anotició de las similitudes entre el modelo a escala y la casa familiar de Betty, la gemela aparente que no era otra que la madre de mi amiga y el aniversario de su orfandad que se cumplía por esos días.

Después de un rato, Betty consiguió poner su obra dentro de una de las cajas del pedido de librería y salió a disfrutar de su licencia, con un semblante que confirmaba las bondades de hacerse un poco más liviano o, mejor todavía, volverse portátil.

María Martha Gigena