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Número 15

Un cuento infantil

Estaba organizando mi primer viaje a otro país, también de habla hispana, y recuerdo que eché mano a dos argumentos ansiolíticos: uno, que no es tan fácil que un avión se caiga, así, de buenas a primeras; y el otro, que estaría a salvo de las dificultades de un idioma extranjero, no dominado, lo que seguramente haría más placentera mi visita. Olvidé, por decirlo de algún modo, la posibilidad de incrementarse los malentendidos ante un mismo vocabulario a partir de las diferencias de cultura, historia o ubicación en el planeta.

Malentendidos que, a poco de llegar, me salieron al cruce de manera constante. Pero para mi sorpresa, en ninguna de las ocasiones en las que la interpretación de las palabras de idéntica pronunciación fue atrozmente incorrecta, me sentí incómoda.

A tal punto que hasta llegué a divertirme con las torpezas de la comunicación.

Y también algo peor: estuve dispuesta a tomarme algunas licencias lingüísticas y hasta hubiera sido capaz de inventar giros idiomáticos sin sentido, fingiendo obviedad, sólo para ejercer mi poder de turista.

Manaban de mi tarea intelectual tales ventajas, cuando de pronto, el asimétrico dúo visitante-local se me transformó en adulto-niño.

Y fue entonces cuando entre mis pensamientos, la idea de asemejarme a un educador, a un trabajador de la psicología o de la literatura infantil (incluyendo ilustradores), incluso a un padre, a una madre - en la versión menos codiciada de cada caso-, cayó como un látigo sobre mi conciencia.

Inmediatamente vino a mi mente un episodio de días atrás, que me había hecho pensar en la inocencia de la infancia y en la ingenuidad de quienes la ignoramos. Estaba en la plaza de mi barrio, era un lindo día soleado, y por allí cerca había dos madres hablando, mientras sus hijos no podían despegarse del coloquio de ambas.

Es que de verdad era atractivo, incluso para mí, oírlas parlotear en jeringozo sobre temas íntimos.

Una de ellas se dirigió a mí como disculpándose: - “Delante de los chicos una no puede decir nada”- me dijo-, “absorben todo como una esponja”.

Sentí pudor y empecé a irme.

Mientras caminaba, alcancé a escuchar a los niños, quienes queriendo apropiarse del dialecto para incluirse en la conversación, lanzaban como un boomerang errático una lluvia de sílabas -del tipo: apa-rapa-ipe-epa-tepa ...- que, al volver sobre ellos, los dejaba empapados en la total ridiculez.

Nora Martinez