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Número 2

ADD

Ahora me dicen que tiene ADD.

Déficit atencional.

Que puede ser una patología, si está comprometido el funcionamiento neurológico.

O también puede ser la manifestación de otros conflictos.

Pero que eso no es una enfermedad.

Yo sé que se puso de moda tener hijos hiperactivos.

También sé que estas últimas generaciones de padres no se parecen en nada a las anteriores: somos débiles, permisivos, ambiciosos.

Pretendemos que los pibitos aprendan a leer a los dos años, pronuncien en un perfecto inglés a los tres y que a los cuatro ya tengan claro en qué rama del arte, la ciencia o los deportes van a destacarse.

Mi hijo empezó a caminar a los diez meses.

Tiene un vocabulario más amplio y más rico que la mayoría de las maestras.

Y a los tres años ya empezó a insultar con naturalidad.

Incluso empezó a tratarme de pelotudo antes de cumplir los cuatro años.

Desde los cinco lee de corrido y navega por internet.

Pero ahora me dicen que tiene ADD.

Y que por eso es así: inteligente y medio salvaje.

Que por eso es un pequeño dictador.

Un torbellino.

Por eso el movimiento continuo, por eso la agresión verbal y física casi permanente.

Pierde la paciencia muy rápido.

Pero también es cariñoso, sensible.

Nunca se burla de mi gusto por la poesía lírica.

Y escucha conmigo a Silvio Rodríguez y a Zitarrosa sin acusarme de anacrónico o de psicobolche.

Por supuesto que ya no soy psicobolche.

Pero tal vez un poco anacrónico sí. Sólo consigue dormirse cuando se le agotan las fuerzas, cuando ya no puede ni mover los dedos de los pies.

Si todavía conserva un poquito de energía, por más que sean las doce de la noche, corre a la gata alrededor de la mesa del comedor o salta en las camas tratando de golpear el techo con la cabeza.

Tengo que aclarar que los techos de mi casa son muy altos, están a cuatro metros del piso.

Cuando se duerme gira en la cama, se estira, y su cuerpo es tan ancho y tan largo que no parece el cuerpo de un chico, parece un adulto.

También sus contestaciones son de adulto.

Puede invitar a pelear a un taxista, insultar a un colectivero, pegarle un palazo en la cabeza a cualquiera.

Duerme boca abajo, abrazado a su osito, y a mí me vence la tentación de acercarme y revolverle el pelo con mucho cuidado.

Tiene el sueño liviano.

“Que descanses, Ponchi”, le digo.

Y me voy a acostar pensando que ese maldito salvaje es mi hijo.

Que siempre estoy pensando en él.

Y que, en realidad, aunque yo no crea en la existencia de la felicidad, sí creo en un estado transitorio de estabilidad, de tibieza, y ese estado puedo sentirlo claramente cuando estoy con él.

Y cuando juego con él.

Y cuando lo extraño.

Porque él es mi cachorro.

Es mi chiquito.

Ariel Bermani