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Número 13

Leyenda Urbana

En una tarde gélida que anticipaba la llegada de nuevos estudiantes de escuelas de nivel medio a la Sala de Lectura, mi compañera de la Biblioteca Municipal, perfumada como de costumbre y con el piloto puesto, se acercó a mi escritorio con la consabida taza de té humeante y una cara desencajada que no auguraba nada bueno. Los minutos siguientes pasaron entre mi insistencia por conocer las causas del mal disimulado desajuste facial y la retahíla de de excusas con la que Betty trataba de explicar sin convicción que no pasaba nada y que mi imaginación era demasiado frondosa. Pero como suele pasar con ella cuando se la abandona al abismo de un rato de silencio, no pudo con su genio y pasó a relatarme la experiencia que venía teniendo en las últimas semanas y que se había repetido hoy, cuando estaba a punto de dejar sus cosas en el perchero del fondo del depósito. Así, después de varios minutos de borboteo incesante, pude saber que en las estanterías de poesía anglosajona los libros tenían cambiadas las etiquetas aunque Betty las acomodara diariamente, que en el piso del archivo aparecían en las fechas pares (con preferencia de números primos) huellas de pisadas de animales, y que unos minutos antes dos volúmenes del Martín Fierro habían aparecido sospechosamente separados del resto de los libros que guardamos en la vitrina de ediciones raras. Mientras veía cómo las uñas rojas de mi compañera se recortaban contra la taza que no había soltado en ningún instante, pude escuchar la mezcla de preocupación y triunfo con la que me explicaba, al borde de una excitación incontrolable, que finalmente nos convertíamos en una Biblioteca más real y, con la responsabilidad que ello implicaba, en participantes de una dudosa cofradía de instituciones custodiadas. Cuando un par de días después ví que Betty prendía unas velas en el archivo y recitaba con voz monótona pero intensa El poema de los dones, pensé en decirle que la cosa había ido demasiado lejos y mencionarle la posibilidad de que la cofradía fuera sencillamente un subgénero dentro de las leyendas urbanas.

Pero lo cierto es que el horario de atención al público había terminado, y ya era mi hora de fichar la salida, y su escritorio estaba en perfecto orden.

María Martha Gigena