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Número 13

Cuaderno de notas

1. Ramírez era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladonna.

Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó su atención durante meses.

Siempre lo veían con una de las dos mellizas en el restaurante del hotel y nadie podía estar seguro de que las hermanas estuvieran satisfechas con ese trato.

Nunca iba con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y quizá lo que más alarmaba a la gente era pensar que las dos hermanas dormían juntas.

No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.

Nadie hablaba de otra cosa en el club social, ni en el almacén de los Madariaga, y las versiones y las conjeturas circulaban como si fueran los datos del tiempo.

En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, la diferencia entre las noticias locales y las informaciones nacionales de la TV era tan abismal que los pobladores podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. 2. Su amigo Bobby Stomponato tuvo una de las primeras Harley-Davidson que entraron en la Argentina y gracias a esa moto consiguió salio ileso porque siempre decía que para manejar una moto lo fundamental era saber caer.

Tenía esa teoría.

Los atletas, decía, deben primero aprender a caer.

Se lo preguntó antes de subir y ella le dijo que sabía caer pero la moto rozó uno de los canteros de la plaza y se arrastró como cincuenta metros sobre la pierna de la muchacha.

Por casualidad no quedó inválida, le enyesaron la pierna desde la cadera hasta la punta de los dedos.

Un trabajo de artistas, creo que encontraron a un escultor, a Sandro Bianchi, a uno de esos, decía ella, que hizo un trabajo perfecto, y mostraba el yeso que terminaba en una especie de aleta.

Tenía la forma estilizada de la cola de una sirena y ella se apoyaba ahí.

Era increíble, tan loca como Bobby Stomponato, la chica, la enloquecía bailar.

Me acuerdo de una noche de verano en Mar del Plata, en Gambrinus.

Qué te ha pasado, estás bien, le preguntaban.

Ella decía que se había aplastado la pierna andando a caballo.

Su risa se oía en todo el salón.

Se levantaba una y otra vez para bailar.

Clavaba en el suelo la pierna blanca y nítida, con esa forma de cola pescado, y el resto del cuerpo giraba alrededor del yeso, como si fuera el capitán Ahab.

Ricardo Piglia