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Número 13

Llorar juntos

Lloramos juntos, anoche.

Lo busqué tarde para llevarlo a dormir a casa.

Ahora vivo solo, en un piso nueve, en Avellaneda.

Hacía frío.

Tomamos el 24 y nos acomodamos en un asiento individual, apretándonos contra su bolso, la mochila del colegio, mi propia mochila y unas bolsitas de supermercado con algunas cosas necesarias para nuestra cena: alfajores de chocolate, coca, salchichas, palitos de la selva, papas fritas, pan.

El viaje fue corto, fue cruzar el puente nomás y ya estábamos en las Torres.

Apenas llegamos él prendió la máquina y le cargó un cd de juegos y volvió a protestar porque no hay tele ni heladera.

Yo puse agua al fuego, abrí el paquete de salchichas y me quejé por haberme olvidado de lo más importante: la mayonesa, la mostaza.

Al Ponchi le molesta mucho no poder ver sus programas favoritos.

A mí me irrita comer salchichas sin aderezos.

Traté de convencerlo de bajar a comprar pero me contestó mal, en forma contundente.

Algo así me dijo: ni en pedo. Comimos en silencio, con Miranda sonando bajito, de fondo.

Después lavé los platos, junté las migas y los pedazos sobrantes de pan que habían quedado distribuidos por todos lados y preparé café para mí y té con leche para él.

Comimos los alfajores sentados en el balcón, mirando los edificios, el cielo.

A él se le volcó un poco de té sobre las zapatillas.

A mí el café me pareció liviano.

Los caramelos estaban bien. Dejamos algunas luces prendidas cuando nos fuimos a dormir.

A él le da miedo dormir completamente a oscuras, y más aún en un lugar nuevo, casi desconocido.

Hace apenas diez días que vivo ahí.

Antes de dormirse el Ponchi se puso a llorar y me dijo que a veces le daba furia y por eso pegaba y que otras veces le daban ganas de llorar.

A mí me entristeció mucho verlo así y lo abracé.

Enseguida empezamos a llorar juntos.

Lloramos por los fracasos, por los triunfos, por lo nuevo, por lo viejo, por lo que va a venir, por todo.

Después nos secamos las lágrimas -él a mí, yo a él-, y volvimos a poner el mp3 de Miranda. Nos despertó el sol, a las siete de la mañana.

El día estaba lindo.

Nos vestimos y salimos para la escuela sin desayunar.

Lo llevé en la bici.

Por el camino estuvimos hablando de lo sano que es llorar cuando uno está triste.

O llorar cuando uno está contento.

El agua que sale de los ojos te lava la cara, te limpia.

Ariel Bermani