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Número 13

Una reencarnación

Volver de la muerte no es cosa fácil.

Tengo un amigo, escritor, que hizo un pacto con el diablo para volver de la muerte.

Quería ver el futuro de sus libros, ver qué pensaba de él la posteridad. Reencarnó en una niña que rápidamente se interesó por la lectura y, más temprano que tarde, entró en la carrera de Letras queriendo ser escritora.

Terminó siendo cronista cultural.

Escribió reseñas, cubrió ceremonias de premiación e hizo entrevistas a los más reputados escritores argentinos.

En una de esas entrevistas, un escritor de moda le comentó que una de sus lecturas de infancia había sido mi amigo.

La muchacha, sin saber por qué, se sintió súbitamente excitada ante el comentario.

Descubrió que en realidad, al escritor de moda no le gustaban, ahora que era adulto y tenía éxito, los libros de mi amigo.

Terminaron siendo amantes. Algunos meses más tarde, recordando la relación que había tenido con el escritor, decidió comprar uno de los libros de mi amigo.

Caminó toda la calle Corrientes, y en “El Libertador” encontró la primera edición de su segunda novela.

La pagó tres pesos.

La leyó.

Le pareció laboriosa, lúcida y excesiva.

Cuando la terminó, la puso en el estante más alto de la biblioteca, entre Don Segundo Sombra y El amor brujo. La olvidó completamente, hasta que algunos años más tarde, en la presentación de una historia de la literatura argentina conoció al hijo de mi amigo.

El hijo, un hombre quince años mayor que ella, construía edificios en Belgrano.

El hombre le pareció interesante.

Fueron a cenar por Palermo.

Cuando llegaron los postres, la mujer le preguntó por mi amigo.

El hijo contó sin demasiado detalle los trabajos, los premios, el reconocimiento, que los libros le habían traído a su padre.

También explicó, con cierta modestia encantadora, que no entendía del todo los argumentos que habían hecho de su padre un escritor importante.

Terminaron la noche en un hotel por San Isidro. Con el tiempo ella descubrió que la opinión desfavorable hacia cualquiera de los libros de mi amigo le resultaba un intenso afrodisíaco.

Fue amante de un coleccionista excéntrico, un crítico en decadencia, una maestra de secundaria y del analista que intentó curarla.

Cuando llegó a los cincuenta años, decidió que era momento de abandonar la vida licenciosa, se pasó a la sección espectáculos del diario y se casó con un abogado civilista en cuya biblioteca, junto a las obras completas de Borges, sólo había novelas de la colección “Grandes maestros del suspenso”.

Ezequiel De Rosso