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Número 13

Fenomenología de los espíritus

La copa se mueve.

Comienza a dictarme lo que creo que será esta nota.

No, nota no.

Impresiones.

Me adelanté intentando adivinar lo que venía.

“Tengo que ser más paciente” me digo.

Ahí está.

Se desliza equívocamente a la o.

Ahora busca la r.

Retrocede.

Enfurecida se posa rozando la i, luego va a la g, y llega a la e.

“Oríge-”nes.

Sí, es acerca de los orígenes el tema.

Me concentro y pienso en no defraudar a los espíritus que me guían la mano.

O tal vez sí, pero ya no me importa. Podría pensarse que la introducción del espiritismo y las ciencias ocultas en Argentina son una suerte de impulso al desarrollo de la ficción, algo así como el espíritu que alienta la manifestación del fenómeno de los textos.

Eduardo Ladislao Holmberg, Juana Manuela Gorriti, el mismísimo Miguel Cané (que realizaba sesiones espiritistas en su propia casa) coquetearon con las pseudos ciencias introducidas en la gran aldea del Plata, junto con la horda de inmigrantes que se les presentaban como los mismos demonios que temían invocar.

La teosofía y el espiritismo, el mesmerismo, la frenología y la telepatía encuentran en este rincón perdido del Sur su campo fértil, el terreno que permite la publicación en 1877 de una revista de la Sociedad Constancia, dedicada a difundir el espiritismo que tendrá por representante a la misteriosa Madame Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica en 1875.

Carlos Pellegrini y el recordado Monsieur Jacques (personaje destacable de la Juvenilia soporífera de Cané) son miembros activos del grupúsculo de la Blavatsky, a quien más tarde invocará en su novela El ángel de la sombra el polifacético Leopoldo Lugones, autor también de los relatos que componen Las fuerzas extrañas. Horacio Quiroga y Roberto Arlt se acercan más acá al más allá y cada uno en su registro dan a las letras argentinas textos teñidos de espíritus, ciencia y ocultismo sudamericanos, construyendo dos textualidades paradigmáticas para el siglo XX.

Y todos, junto a Macedonio (que se ríe, claro, de ellos y de nosotros), se dan cita en estas páginas de posesos que escribimos sin saber si podremos (y queremos) exorcizarnos alguna vez de tanto espíritu literario.

Vanesa Pafundo